lunes, 17 de abril de 2017

TARDES DE CINE


Era un domingo soporífero y como cada tarde de fiesta nos reunimos a ver una película junto a unas tazas de té y unas galletitas.

Su afición cinéfila la llevaba a ver un montón de veces la misma película, tantas que sabía de memoria los diálogos; y a mí me estaba contagiando  la costumbre de visionar cintas antiguas a veces en versión original.

Antes de conectar el disco extraíble hicimos un poco de zapin por si en la televisión nos sorprendían con alguna “joya”. De pronto me dijo: Laurence de Arabia.

Puse el disco extraíble a funcionar y le pasé el mando mientras preparaba el té en la cocina.

Sentadas y con las humeantes tazas en la mesa comenzamos nuestra peculiar tarde de domingo.

Fascinadas por los planos de las olas de arena del desierto sahariano y las luchas de los tuaregs, blandiendo sus espadas tabouka  se confundían con los gritos de su tribu.

Entre sorbo y sorbo, galleta y galleta, no me dí cuenta que ella mantenía los ojos abiertos sin parpadear e inmóvil; pensé “qué concentrada está”, sin atreverme a molestarla; de vez en cuando la miraba y continuaba estática.

Con los títulos de crédito y la banda sonora parecía que la habían traído al presente.

— ¿Te diste cuenta como me escondí?—

— ¿Cómo?— le pregunté desconcertada.

—Sí, entré en la tienda y me oculté detrás de los baúles cuando un tuareg comenzó a saquear nuestras cosas. Después uno de ellos revolvió el interior, no sé que buscaba pero no lo encontró. Le molestaba mucho la arena ya que comenzó a despojarse de su ropa y sacudirla; entonces vi con asombro que era diferente, su piel de color azul rivalizaba con el color de sus ojos.

Profundos e inquietantes tan bellos como el mar, creo estar hechizada por su luz, necesito verlos de nuevo.

— ¿Y qué pasó luego?—

—Se frotó el cuerpo, se vistió, miró a su alrededor y se marchó. ¡Como me hubiese gustado que me llevase con él!— suspiró.

No salía de mi asombro ante semejantes comentarios, parecía que hubiese vivido otra experiencia dentro de la película, estaba trastocada y yo sin saber qué hacer.

Bebió el té frío, comió una galleta me miró fijamente y me dijo: Me voy al Sahara, tengo que encontrar esos ojos.

 

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