miércoles, 8 de marzo de 2017

LA ZONA OSCURA

Helia siempre dormía con la puerta entre abierta, lo mismo daba que fuera invierno o verano. Rodeada de lo que ella llamaba: imprescindible, su escritorio donde reposaba el ordenador, que en las noches de insomnio le servía de dulce acompañante.

Los documentales de misterio y algunas películas históricas eran su somnífero favorito.

Desde la cama por el hueco de la puerta veía el espejo del recibidor, joya heredada de su familia. Con un marco de bronce labrado de ramas y hojas exquisitamente distribuidas a su alrededor.

Hacía varias noches que las pasaba en vela, inquieta sin motivo aparente siempre acababa por levantarse a la cocina por un vaso de leche caliente, después al baño y así hasta que amanecía.

Agotada por el cansancio una noche antes de acostarse buscó entre los “hierbajos” (como solía llamar a las infusiones), tila, hierba Luisa, manzanilla… las mezcló calentó el agua y después llenó una gran taza del líquido de un color extraño y la posó sobre la mesilla.

Con pequeños sorbos y entre las manos el libro electrónico se iba relajando al tiempo que le causaba un hermoso placer.

Cuando sus ojos comenzaron a cerrarse se giró para apagar la lámpara de noche vió que el espejo se ondulaba como las olas y una zona gris daba paso a la oscuridad.

Inquieta cerró los párpados, sin embargo su mente no cejaba de desvariar sobre la dúctil y brillante superficie. Después de dar muchas vueltas optó por levantarse y ponerse frente al espejo.

Al llegar a él, lo miró fijamente como si a través de sus ojos lo traspasara y averiguara el misterio que encerraba. Pasaron unos minutos y no ocurría nada, entonces dijo en voz alta: “vaya tontería y qué imaginación la mía”. No acababa de pronunciar la frase cuando de su boca salió un aliento negro que veloz se precipitó en él.

Asustada, temblorosa y helada de frío se metió entre las sábanas cubriéndose hasta la cabeza. Con la respiración agitada poco a poco comenzó asomar los ojos, echó un vistazo pero allí no había nada; levantó la vista hacia  la cabecera de donde colgaba una preciosa pintura ortodoxa de la que colgaban varias cruces de diferentes tamaños.

Su mirada de súplica ante lo sucedido y todo su cuerpo  pedía a gritos que la socorrieran, ella que siempre se burló de todas esas cosas… pero todo aquello ello  acabó con su incredulidad.

Sin dormir en toda la noche a los primeros rayos de luz descolgó el espejo lo cubrió con papel burbuja y lo subió al trastero. En su lugar puso un hermoso cuadro que en otro tiempo pintara su madre mientras pensaba: “al menos ella me protegerá”

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