jueves, 1 de septiembre de 2016

LA GRAN HETAIRA DE ATENAS


   La casa estaba en su apogeo con los esclavos trabajando a toda prisa ante la inminente llegada de los invitados.

Eran las fiestas en honor de Dionisio y en un cuarto apartado se hallaba mi madre con unas cuantas mujeres ensayando los bailes en su honor, ya había cumplido trece años y le pedí que me dejaran presenciarlos.

Después de consultarlo con las sacerdotisas éstas aceptaron mi presencia, la música. El baile me maravillaba al ver como los contoneos sinuosos cada vez tomaban más velocidad hasta caer desmayadas.

Al finalizar me dirigí a la más anciana –¿Puedo ser bailarina de Dionisio?-

Por unos instantes creí que no me había escuchado y  repetí la pregunta, ella llamó a mi madre y se lo expuso. Al ser hija de una antigua sacerdotisa tendría que aprender filosofía, el baile y lo que significaba dedicarse por entero al dios.

Con las voces de los hombres y la alegría del vino se dio por finalizados los ensayos.

Un amigo  de mi padre trajo a su hija menor para que disfrutara de las fiestas, era unos meses menor que yo más tímida y regordeta.

Nisea venía de Babilonia apenas hablaba griego por ello mis padres le pagaron las clases de Literatura. Cuando recitaba a Homero balbuceaba, los  niños se burlaban a lo que el maestro daba la clase por finalizada.

Con mi ayuda aprendía rápido y ella a cambio me enseñaba algunas palabras en persa. Por las tardes nos íbamos a la playa donde nos bañábamos los niños en una orilla y las niñas en la otra.

Me encantaba bucear buscando la casa de Poseidón, mientras ella solo se mojaba los pies. A medida que veía como me sumergía hasta donde la luz no llegaba, me pidió que la enseñara y así nos sumergiríamos desnudas hasta la frontera de la oscuridad.

Mi madre comenzó a explicarnos como las bailarinas que se consagran a Dionisio y las sacerdotisas solo yacen con el dios, beben vino y hacen toda clase de excesos que él les pida con la condición de no propagarlos.

Entonces Nisea nos relataba como en su país se adoraba a la diosa Cibeles y los bailes los realizaban los hombres, sobre todo jóvenes que llegaban al éxtasis  llegando a cortarse su virilidad en señal de máxima entrega a la diosa y los arrojaban hacia las puertas de las casas que permanecían abiertas durante los festejos.

Si al hacerlo entraban  en una casa los dueños debían cuidarlos hasta que se recuperaran, y los que se quedaban fueran seguían bailando hasta morir desangrados.

Al escucharlo un escalofrío recorrió mi cuerpo y le pregunté- ¿luego que hacen los eunucos?-
—Los compran los nobles y los más ricos comerciantes para que le sirvan, los mejores suelen ir al palacio del rey y cuidan de él.  Me entró la curiosidad por la cultura persa y me dijo que cuando se      fueran le pidiera permiso a mi padre y podríamos ir a Babilonia.
Los mejores maestros de filosofía, literatura, matemáticas y demás artes nos educaban al más alto nivel para poder hacer discursos de todo tipo incluso de política. Aunque no pudiésemos asistir a las asambleas en la enseñanza nos preparaban igual que a los hombres.

Una mañana Nisea me dijo que le había llegado el momento de partir a su hogar, me entristecí de su partida. Su padre llegaba esa tarde  para llevarla a Babilonia.

Comenzó a llenar sus baúles con los peplos de los colores más variados y hermosos que trajo y algunos que le compramos en el mercado como recuerdo de su estancia en Grecia.

 Mi madre al vernos llorar abrazadas nos dijo que no había motivo para el llanto, que como hermanas ahora era yo la que debía compartir con ella su casa.

Los esclavos trajeron a nuestra habitación un enorme baúl decorado con bellos pájaros de colores. Helena mi madre, lo abrió y ante mis ojos se mostraron los peplos que tanto me gustaron en el mercado y todo lo necesario para pasar unas largas temporadas lejos de mi hogar.

Se preparaba un gran banquete de bienvenida a nuestros visitantes y nosotras muy excitadas al poder viajar juntas.

En dos días nos embarcamos poniendo rumbo a Babilonia, un largo viaje no exento de peligros de los que a penas era consciente, pues mi viajes por mar habían sido muy cortos.

Al fin divisamos las costas en el puerto nos esperaban los carros cubiertos de sedas coloridas para continuar viaje tierra adentro.

Nicasia me describía su palacio rodeado de jardines, pensé que exageraba pero al verlos quedé impresionada pues todos los palacios los tenían a cual más hermoso.

 Eran terrazas superpuestas regadas por canales y adornadas con fuentes primorosamente esculpidas. Ninguno debía superar en altitud y grandeza al del rey.

El gran río Eúfrates que atravesaba la ciudad se abría en numerosos brazos para abastecerlos y refrescar el ambiente demasiado caluroso.

Las demostraciones sensuales eran abiertas en extremo comparadas con las de mi ciudad, así se lo comenté a Nicosia la cual respondió que Babilonia era conocida por su libertinaje.

Las artes amatorias no tenían secretos para ellos pues desde niños los mejores maestros se las enseñaban en las escuelas.


Debería asistir a las clases como ella hizo en Atenas y aprender el idioma con tal perfección como si hubiese nacido allí.

La hermana mayor era sacerdotisa en el templo de Deméter, ella aspiraba a prepararse con ahínco para ser una de las elegidas antes de cumplir los dieciocho años.

En las primeras clases amatorias me sorprendí al ver nuestros cuerpos desnudos, nunca había visto un miembro viril, los observé  y me sorprendió la variedad de tamaños.

Mi rostro ardía ante tanta exhibición sexual que  lo tapé con mis manos, Nicosia me ayudó a salir de la clase con la disculpa que ella no se encontraba bien y pidió que la acompañara a casa.

 Se lo agradecí en grado sumo era una visión que revolucionó todo mi cuerpo con sensaciones nuevas y desconocidas hasta entonces.

Fuimos al templo a ver a Lampito para pedirle información de lo nos esperaba en las próximas clases,  así evitar se burlaran de mí como hicieron con Nicosia en Atenas.

Era franca y directa en su lenguaje, de modo que nos dijo: Lo primero que tenéis que saber es la forma de evitar el embarazo.

Nicosia y yo nos miramos interrogantes en espera de su información.

Muy seria continuó: Después de un baño de hierbas aromáticas y antes de abandonar el agua  debéis tener una bola de lana impregnada con resina de cedro y untada en aceite de oliva.

Os abrís de piernas y la bolita la introducís taponando la matriz. Luego os perfumáis la piel con aceites aromáticos y os vestís con el peplo más hermoso que resalte vuestro cuerpo.

También podéis alternar la bolita de lana impregnándola con resina de pino untada con miel y vino.

Aunque a veces si vamos con prisa puede no estar bien colocada y corremos el riesgo de quedar embarazadas, entonces acudimos a mujeres especializadas en realizar un aborto.

Creo que a partir de ahora vuestras clases os la darán por separado a los niños un hombre que en pocos días finalizarán, y a vosotras una de las mejores amantes de la ciudad.

­—Yo quiero ser como tú- le dijo Nicosia—

-—De acuerdo, pero tienes que estar preparada como cualquier mujer que desee ser libre o ejercer su libertad como le plazca-

Tranquilizadas por Lampito nos fuimos a casa donde nos esperaba la clase de música que después tocaríamos a los invitados—

Pasaron dos primaveras cuando Nicosia fue aceptada en el templo de Demeter, yo por mi parte le pedí a mi padre mi dote para fundar una escuela de mujeres, bajo la influencia de Safo de Lesbos.

 

Una vez en Atenas comencé a buscar una casa apropiada para mis deseos, debería tener un gran patio ajardinado con una o varias fuentes para aliviar el calor del verano para crear un ambiente relajado para las confidencias.

Un hermoso atrio y dos salones para tertulias de política y filosóficas, el otro para la música  el baile con los efebos y mis discípulas más jóvenes.

En la planta superior mi despacho al lado de mi aposento.

Los cuartos de las hetairas superiores en el otro lado del pasillo y en la parte trasera del edificio las habitaciones donde las alumnas practicaban con los efebos.

Mientras remodelaba la casa iba contratando a los mejores profesores en las artes, la filosofía, sin olvidar la cortesía y oratoria.

Por las mañanas practicaban la música y el baile de los siete velos, aquellas que casi rozaban la perfección en belleza y dominio de las enseñanzas se quedaban en la escuela el resto trabajaban en otras casas o en otras ciudades.

El precio que pagaban por su educación era muy alto, a pesar de ello cada día venían más adolescentes a mi casa y mi economía subía como la espuma.

La llamé “Escuela de mujeres” pero no tardo en ser conocida como “la casa".

Mi influencia se notaba en las opiniones que vertían cuando se debatían las leyes, pues las tertulias de mis salones surtían su efecto.

Una de las veces asistió la cabeza visible de la democracia y antes de finalizar me llevó a parte para pedirme yacer con él. Subí delante para indicarle el camino a mis aposentos, él me seguía en silencio.

Nunca hasta entonces había sentido tan intensamente, lo miré y por su expresión deduje que él tampoco. Nos vestimos y salimos al jardín trasero donde platicamos en la placidez de la noche.

Quedé maravillada con su voz , sus ideas de la vida que eran similares a las mías. Al marcharse observé que su corpulencia, calvicie y las arrugas de la lucha le hacían envejecer deprisa. Pensé que me doblaba la edad y no me equivocaba.

La defensa de Atenas y de sus pequeñas islas hacían que sus hombres pasaran la mayor parte del tiempo en el mar unas veces como entrenamiento y otras  en las batallas contra los espartanos que aliados con las islas competidoras querían hacerse con el control y la supremacía de Atenas.

Pasó bastante tiempo sin tener noticias de Orestes y mis sentimientos hacia él desde aquella noche crecieron de forma insospechada hasta el punto que no volví a estar con ningún hombre.

Me ofrecían cantidades inmensas de dinero y las joyas más deslumbrantes, pero mi cuerpo tenía dueño aunque él no lo supiera.

Una noche a punto de cerrar mis salones apareció en el umbral de mi casa sin decir palabra me agarró por la cintura y subimos a mis aposentos.

Después de yacer varias horas se vistió metió la mano en su bolsa sacando un papel me dijo: Es un contrato en el cual nos comprometemos a ser el uno del otro, no necesitamos firma pero quiero que lo tengas y a partir de ahora mi casa será tu casa como si estuviésemos casados.

Comencé a preparar unas pocas cosas y nos fuimos en el  carro que nos esperaba en la puerta.

Pasaban las estaciones y siempre juntos con un amor a prueba de todos los inconvenientes que cada día nos mostraba.

Atenas registró la mayor sequía en muchos años, los alimentos comenzaban a escasear y el agua para beber se infectaba. Para colmo los espartanos aprovecharon nuestra debilidad para asediarnos.

La lucha encarnizada y las enfermedades minaron nuestras fuerzas. Por la noche carros llenos de cadáveres los sacaban de la ciudad para prenderlos fuego.

En nuestra casa la enfermedad tardó en aparecer pero al fin entró, las fiebres altas y los delirios de apoderaron de Orestes. Estaba a su lado refrescándole y dándole la medicina que el médico nos trajo.

Por primera vez ví el terror reflejado en sus ojos  en sus pocos momentos de lucidez me apretaba la mano mientras decía que no le dejara. Le dije que si éramos uno donde quiera fuese estaríamos los dos.

Llamé al médico para tranquilizarlo pero sabía que su final estaba próximo, mientras tanto fuí a por unas copas vertí en una unas gotas de un macerado de hierbas calmantes y añadí agua. En la otra puse una buena dosis de otra maceración para mí.

Al llegar a su lado me desnudé y acostada a su lado le abracé diciéndole cuanto le amaba, le refresqué con el líquido de la copa y se lo pasé por los labios y metí el resto en su boca.

Cogí la mía la bebí de un sorbo me volví hacia él lo besé y abrazados le dije: No tengas miedo navegaremos juntos hacia el Hades.

 


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