sábado, 23 de julio de 2016

EL HADA VERDE

 Como cada jueves a las siete de la tarde acudió a la tertulia en el expo-bar, allí se daban cita lo más granado de la ciudad en cuanto artistas se refiere. También como casi siempre la mayoría eran mujeres aunque últimamente parecía que los hombres se comenzaban a ser más numerosos. Eran tres horas largas de animada charla donde se compartía distintos puntos de vista sobre libros, pintura y fotografía.

Al llegar a la parada del autobús Elba echó de menos el fular de vivos colores que le encantaba, miró el reloj y apresuró el paso de vuelta al local.

 Al verlo con una luz tenue empujó la puerta, estaba cerrada, dió unos golpes a ver si alguien los escuchaba, los repitió una y otra vez hasta que por fin  abrieron.

Se adentró hasta  el fondo, al lugar donde acostumbraba a sentarse y al verlo  en el respaldo de la silla lanzó un suspiro a la vez que sonrió. La puerta que siempre permanecía cerrada estaba entre abierta, su curiosidad le impulsó a echar un vistazo.

  Elba sorprendida se aproximó a la mesa donde unos  vasos llenos de un líquido verde invitaban a disfrutar de ello a  algunos de sus compañeros. A su espalda reposaban unos caballetes, los pinceles y los botes de pintura intactos. Esperando de los artistas  un rasgo de creatividad.

Les miró con sonrisa burlona y añadió: La absenta de hoy no  produce alucinaciones como recordareis a los pintores de otro tiempo. Sin esperar la respuesta dio las buenas noches y regresó a casa.

Llegó un nuevo jueves, una nueva tertulia pero esta vez se quedaría hasta tarde para integrarse en el grupo de pintores. A lo largo de las horas notaba como sus ojos la miraban inquisitoriamente sintiéndose molesta.

 Sobre las nueve y media, la sala se fue quedando vacía y el hombre celta abrió la puerta de la salita. Uno a uno ocuparon su lugar, ella cogió una silla haciéndose un hueco y se sentó en espera de nuevos acontecimientos.

Las copas se tiñeron de verde incluso la suya que le sirvieron sin preguntar, las alzaron brindando porque las musas les visitaran. Sorbo a sorbo intercambiaban miradas sin musitar palabra alguna.

El silencio roto por el sonido de las copas pesaba en el ánimo de todos  el alcohol todavía no surtía efecto. Elba a penas lo probó sin embargo se sentía libre, sin ataduras convencionales por ello les incitó a emular a los grandes artistas del impresionismo.

Ante su provocación abrieron los botes de pintura acrílica y mojando los pinceles comenzaron a mezclar los colores más llamativos.

En un frenesí sin igual liberados de la presión social de las normas de convivencia fueron plasmando ideas, sentimientos, traumas y ambiciones que de otra forma nunca saldrían.

Agotados, ocultaron las obras en la trastienda donde el celta cerraba con llave. Pasaron los meses y nunca se volvieron a saborear el embrujo del hada verde.

Elba se dirigió al museo de arte contemporáneo para concertar una cita con la directora o con la persona encargada de las exposiciones. La fortuna quiso se encontraran en el hall.

Durante la conversación introdujo los nombres de los artistas que la directora conocía. Al ser una exposición conjunta y tener una semana libre la sala, el museo quedaba cubierto y ellos tenían una gran oportunidad.

Con la información y los impresos en la carpeta, se marchó a la tertulia.  Todo iba rápido. La publicidad en las redes sociales hizo su labor y el día de la inauguración fue todo un éxito.

Las pinturas colgaban de las paredes  del museo de allí salieron a donde se gestaron. Les sorprendía la cantidad de compradores que surgían, sin embargo esas obras no se dejaban descolgar, el recinto se había convertido en su posesión.


 

       
 
 

 
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