jueves, 2 de junio de 2016

INQUIETUD EN EL METRO


Como cada día cogía el metro para ir al trabajo y con la misma rutina subía rápido en busca de un asiento para leer. A las siete de la mañana todos con cara de sueño entre cerraban los ojos acunados por el movimiento del tren.

A medida que pasaban las estaciones aquello se convertía en una lata de conservas, gente de lo más vario pinta que un buen observador imaginaría mil historias.

Quizás no hacía falta imaginar sino ver el comportamiento ante miradas escrutadoras como la que en ese momento ella sentía, no necesitaba levantar la vista para intuir que el hombre de enfrente la desnudaba; cada vez más inquieta comenzó a revolverse en su asiento.

Las puertas se abrieron y  salieron en tropel todo eran carreras de un lado para otro, las escaleras mecánicas abarrotadas en la parte derecha los más pausados y por la izquierda  subían rápido.

Cuando alcanzó el exterior respiró profundamente mientras pensaba “cuánto agobio” al menos el hombre había desaparecido entre el gentío, con paso ligero se dirigió a la oficina.

Entre papeles y el ordenador a toda pastilla se le olvidó comer pero su estómago comenzó a reclamar su dosis de alimento. Miró el reloj y ya casi era la hora de salir fue al baño a retocarse y de paso dar un bocado al sándwich del desayuno no fuera desmayarse.

Recogió su mesa echó un último vistazo y otra vez a la carrera a coger el metro de vuelta a casa.

De nuevo a pillar sitio en el vagón para aprovechar el tiempo leyendo casi siempre estas lecturas eran de intriga o biografías de artistas.

Lograba abstraerse del murmullo de la gente y de algún que otro músico que recorría los vagones interpretando músicas reconocibles con el fin de sacar algunas monedas para sobrevivir.

Sintió unos ojos que la penetraban sin atreverse a levantar la cabeza del libro se removió en el asiento, con disimulo le miró los pies y subió hasta las rodillas de aquel desconocido que empezaba a inquietarle.

Demasiada casualidad que se pusiera enfrente, una vez vale, dos ya… si hubiese una tercera le miraría a la cara así por lo menos lo podría describir.

Azorada salió del vagón a esperar un próximo tren y terminar el viaje calmada.

A la mañana siguiente madrugó más de lo acostumbrado para tomar un tren anterior para no coincidir con el pesado del día anterior, con tiempo de sobra sus pasos eran pausados y el metro venía más vacío.

Sin prisa encontró sitio para elegir, sacó su libro que ya iba vencido cuando a su lado se sentó el hombre que la inquietaba, lo miró de frente seria con una mirada cual espada que lo atravesara.

Entonces él sonrió mientras le preguntaba— ¿le gusta el libro?—

   ¿Tanto le interesa?—

   Pues sí,  la vengo observando y veo que lo lee con fruición—

   Ya sé que me observa y ¿sabe que me incomoda?—

   Lo siento no era mi intención, discúlpeme—Y se levantó alejándose hasta el final de los vagones.

Tranquila continuó su lectura pues apenas le quedaban cuatro hojas para saber el desenlace.

Pasó la jornada laboral sin tiempo para pensar en el final del libro, de regreso a casa daba vueltas a la trama siguiendo su costumbre con cada lectura que terminaba, así pasaba días hasta que por fin su cabeza se despejaba.

Al llegar a casa encendió la radio y ante su sorpresa escuchó una voz que al instante reconoció era el hombre del metro y ... ¡estaba hablando del  libro!





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2 comentarios:

  1. Toni, excelente dia tengas.
    Me he quedado interesadísima, espero que siga, hay que ver qué vida le darás a esto, se muestra muy bueno, como todo lo que creas.
    Gracias por compartir y entretener.

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  2. Muy buen relato, !El miedo al otro no nos deja ver! Saludos

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