domingo, 5 de junio de 2016

EL ESCARABAJO DEL DESIERTO

  Subió las escaleras tan deprisa como le dejaban sus piernas, al llegar al desván empujó la puerta y se detuvo en el umbral para tomar aire, mientras echaba una ojeada por todas las cosas amontonadas durante años que estaban cubiertas por varias capas de polvo y telarañas.  Era grande, de madera oscura, con herrajes labrados con una cerradura extraña.

  Recordaba ver a su madre agachada con el rostro pegado al baúl cada vez que lo abría, nunca consiguió saber como lo hacía sin embargo en una ocasión la vio acercar el colgante que llevaba al cuello, siempre oculto.

Ella  sacaba un libro amarillento con las hojas gastadas y algo rotas del que me leía cuentos de un país lejano lleno de riquezas, fantástico y mágico. Con los años le empezó a explicar su simbología, que debía aprender según ella por si alguna vez el libro desaparecía.

   Sus diferencias aumentaron conforme su edad se aproximaba a su rebelde juventud; tan insoportable era su convivencia que se alejó del hogar, ahora ya en su madurez volvía a él.

   Dejó atrás su orgullo e intentaba comprender los motivos de la insistencia maternal por aquel libro. Ahora sí, estaba preparada para afrontar y entender todo aquello que otrora le pareció “tonterías de viejos”.

   Llegaba tarde su madre llevaba un tiempo que solo decía su nombre  apenas reconocía a las personas de su entorno, quizás escuchase su voz desde la lejanía y por eso regresó.

   Alejó de su mente ese pensamiento y se dispuso a buscar el baúl, removió cada rincón hasta que el polvo la envolvía entonces abrió la destartalada ventana de madera y respiró profundamente el viento frío del cierzo.

   Volvió sus ojos hacia el interior, por fin lo descubrió, estaba en el centro del desván ¿y como no lo había visto? Si estaba limpio tal y como lo recordaba.

   Se agachó para abrirlo pero la extraña cerradura se lo impedía, entonces rememoró la imagen de su madre con el colgante acercándolo  y ella levantaba la tapa con suma facilidad.

  Cerró la ventana y la puerta con la idea de buscar el colgante comenzó por mirar en una cajita que simulaba un cofre, en él no encontró más que unas viejas piezas de un metal que desconocía.

   Sin embargo siguió hasta altas horas de la noche revolviendo los cajones, armarios y cualquier rincón que sirviera para guardarlo. Intentó ponerse en el lugar de su madre para comprender donde escondería su preciado tesoro.

   Se metió en la cama y mentalmente recorría cada lugar de la casa hasta quedarse dormida.

Al despertar con los primeros rayos de luz se incorporó al ver en la mesilla el colgante con su cordón azul intenso, se frotó varias veces los ojos creyéndose en un sueño y que al despertar desaparecería.

Lo cogió con manos temblorosas  comenzó a escudriñarlo, por su forma pensó “es un escarabajo” pero un escarabajo tan extraño y colorido que no recordaba haber visto algo similar.

Movida como por un resorte subió las escaleras del desván puso el colgante en la cerradura, pero ésta no se abrió, decepcionada lo revisó tenía que haber una forma de encajar aquello pero ¿Cuál?

Repasó mentalmente todas aquellas lecturas que su madre le hiciera de niña allí tendría que estar la clave; todo el día con la misma idea en la cabeza que terminó por tener una jaqueca impresionante.

Bajó a la cocina a prepararse un café bien cargado con un paracetamol aunque no siempre resultaba eficaz. Sentada en el sofá con la habitación a oscuras cerró los ojos en espera que  desapareciese.

Una imagen se dibujó en su mente el escarabajo en su panza disimulaba una abertura que al girarla daba paso a un puntiagudo y diminuto triángulo.

Saltó del sofá descorrió las cortinas y se fue en busca de una lupa para descubrir la parte móvil.

¡Eureka! la primera parte estaba conseguida, volvió a subir al desván se arrodilló frente al baúl acercó el escarabajo y éste no se abrió, ¿pero si lo había introducido bien, si encajaba a la perfección? ¿Qué pasaba ahora?

Decepcionada se le quedó mirando en silencio esperando que le hablara, como si pudiera hacerlo ¡qué tontería!

Se colgó el colgante en el cuello  bajó a la biblioteca, algo se le escapaba ahora lamentaba no haber prestado atención a los cuentos de la niñez.

Como atraída por un imán sacaba libros sin cesar hasta que encontró un libro envejecido por el tiempo. Lo abrió hojeándolo despacio las imágenes de las pirámides con sus colores brillantes la transportaron al antiguo Egipto.

Hacia la mitad del libro encontró el cuento que su madre le contara tantas veces “El escarabajo del desierto” ahora lo leía con detenimiento intentaba descubrir las claves secretas que ocultaba. Tenían la creencia que el escarabajo hacía dar girar al sol como una pelota que a lo largo del día le daba vueltas hasta llegar la noche  y al terminar de hacerla, regresaba con todo su esplendor por la mañana.

Lo cerró y lo colocó en el mismo estante que lo halló tapado con el montón de libros que quitara.

Acariciaba el colgante mientras subía al desván se concentraba en las imágenes de las pirámides y el escarabajo dorado que las acompañaba. Se agachó frente al baúl aproximó la llave y éste se abrió.

El contenido era simple unos pergaminos con jeroglíficos una caja de cedro y oro.

Al hojearlos comenzó a leer en un perfecto castellano como si una fuerza extraña se hubiera apoderado de ella.

Rituales y magia a partes iguales se adentraron en ella de tal forma que se convertía en una sacerdotisa con la misión de proteger y transmitir el legado a la futura generación.

Abrumada ante tanta responsabilidad tuvo miedo  entonces el baúl se cerró de golpe al tiempo que un grito de pánico salió de su garganta.

Sobresaltada se tocó el pecho buscando el colgante, cuando el golpe seco del libro al caer de su cama la despertó.

 

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