lunes, 23 de mayo de 2016

LECHE Y CAFÉ


    Apretaron sus manos con fuerza mientras sus fulgurantes miradas trataban de infundirse valor, ese, que se les escapaba antes de cruzar el umbral por última vez.

   Esa fina línea que les llevaría a una felicidad sublime o a la desdicha más absoluta. La mano temblorosa Alfredo empujó la puerta y ante ellos estaba la enfermera con su impoluto uniforme blanco, la cual con un ademán de cordialidad les dirigió hacia la consulta del doctor.

   Tras los saludos afables del galeno sintieron que sus ojos les penetraban hasta lo más recóndito de sus cuerpos, los segundos que siguieron les parecieron interminables.

   Un suave carraspeo del médico les alertó que la noticia no iba a ser la que con tanto anhelo y sacrificio llevaban buscando.

   Las lágrimas silenciosas de Pilar resbalaban por sus mejillas, no sólo no estaba embarazada sino que su marido la dejaba, la abandonaba porque “no servía ni para darle un hijo” frase repetida tantas veces que logró hacer mella en su alma. Un sentimiento de culpa   la arrastraba hacia el abismo.

    Con la maleta en la mano dejó las llaves sobre la mesa y  se fue a toda prisa sin mirar atrás. Con cara de satisfacción como quién acaba de soltar un lastre.

   Al otro extremo de la ciudad le esperan su hijito con su madre para comenzar una vida diferente.

   Mientras la desesperación de Pilar iba en aumento y una profunda depresión la destrozaba. A penas comía, no salía de la cama, sus ojos eran un río constante.

  Ante esta situación su hermana llamó a una ambulancia y la llevó al hospital. Pasó dos semanas ingresada el psiquiatra que la atendía le recomendó que siguiera con la terapia.

  Estuvo yendo seis meses y la mejoría era evidente, encontró trabajo salía y entraba sin parar, como queriendo recuperar el tiempo perdido y olvidar los años pasados con Alfredo.

  Tanto frenesí la hizo recaer y enseguida acudió a su psiquiatra. Cuando la puerta se abrió él ya no estaba, su lugar lo ocupaba un hombre alto, fornido y negro.

  Reticente con pasos taciturnos entró en la consulta, una amplia sonrisa la desarmó. Se había estudiado a fondo su caso y su manera de abordarlo la sorprendió.

  Mejoraba rápidamente y sus días eran alegres, pronto le darían el alta definitiva, sin darse cuenta ese pensamiento la entristecía.

  Tenía por delante dos semanas para hacerse a la idea de no ver más a su médico y ojala la hubiese curado para siempre.

  Las semanas se le pasaron volando y estaba de nuevo ante él, como imaginó sus manos terminaron el informe y se lo entregó.

  Era la última paciente, Robert recogió su mesa y la acompañó a la salida, la conversación fluía sin cesar la invitó a una cafetería. Se dejó guiar por una fuerza interior que le empujaba hacia él.

  Después del tentempié Robert la acompañó a su casa al llegar a la puerta se miraron a los ojos y sus bocas se fundieron en un prolongado beso.

Pasaron los meses y en su nuevo hogar ya eran tres.
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