jueves, 17 de marzo de 2016

PRIMAVERA EN DICIEMBRE


       La afición por la lectura, la escritura y las tertulias le introdujeron en un mundo mágico que le cambió la perspectiva de las cosas. El encuentro de los lunes era un acto al que no faltaba y  para su sorpresa acudía gente muy diferente aunque siempre había un grupo habitual, era una forma distinta de conocer y disfrutar.

      La comparación de estilos entre la pintura y escritura, diapositivas y poesía se alternaban; los de la pluma estaban en  minoría  al final solían callar pues los pictóricos se enzarzaban en discusiones técnicas que no comprendían.

       Emilio fue a dar una conferencia a la ciudad y de paso les visitó  en el pintoresco café  para saludarles. Les presentaron y su fugaz mirada se cruzó como flechas de fuego. No creía en el romanticismo ni en los flechazos eso debía ser cosas de poesías y novelas.   Ante la invitación de asistir a su conferencia en la sede de la universidad ella no pudo o no quiso negarse, finalizado el acto intercambiaron sus tarjetas de visita.

  Cuando creía que Emilio no la llamaría sonó su móvil, era él, con una conversación fluida y afectuosa  hasta que le pidió quedar y conocerse. Ana se mostraba reticente, las dudas afloraron de nuevo. 
   Ahora ¿Qué hacer? conocerle o no, por otro lado pensaba y ¿por qué no? Emilio aprovechó la oportunidad que le brindaban las Fallas sin dudar la invitó a Valencia,  ella aceptó su ofrecimiento.

     La naturalidad de su comportamiento les facilitó su primer encuentro, parecía que se conocieran desde siempre, se sintieron alegres y disfrutaron.   Pasearon por el antiguo cauce del río alejándose del barullo y griterío del centro de la ciudad. Surgió la complicidad entre ellos, y sin apenas hablar sus miradas lo decían todo.

   Por la tarde le mostró el arte de las mejores fallas, que en unas horas el fuego las devoraría. Al atardecer Ana prefirió tomar el Ave de regreso a Alicante, no quería que nada lo estropease. 

    Esta vez dejaría que todo transcurriera lentamente, esperando la reacción de Emilio continuaron sus animadas charlas al anochecer que cada vez fueron haciéndose más y más íntimas.

       Necesitaba sentirlo cerca el olor de su piel que se trajo con ella desde su encuentro, en su interior quería que Emilio avanzara que diera  un pasito más. Se estaba atando con unas cadenas tan fuertes a él que no sabía como resultaría el final de la batalla.

   Sin saberlo  Emilio se hallaba metido en la misma tesitura  se daba cuenta que la situación había llegado a un punto de no retorno. Pero a medida que las horas pasaban y su cita con Ana se acercaba un miedo cerval se iba apoderando de él.  Fue a la cocina cogió un vaso largo abrió el congelador y  sacó unos hielos los depositó en la cubitera, esa que utilizaba en la cocina para cualquier cosa menos para los cubitos.

   Rebuscó entre las botellas del bar  una a medio terminar de whisky. –Estará bien añejo- pensaba- No recordaba cuando fue la última vez que la abrió. Se jactaba ante sus amigos que nunca bebía por una mujer ahora necesitaba imperiosamente tomar una copa que le calmara. Según pasaban las horas iba bajando el dorado líquido de la botella hasta que la vació.
 Menuda melopea había agarrado no podía llegar a la cama, se iba quitando la ropa dejándola tirada por el camino, sujetándose en los pocos muebles que tenía a duras penas consiguió tirarse sobre el colchón.

   Se despertó con un brutal dolor de cabeza sintió como todo giraba en el dormitorio necesitaba una gran dosis de café y una aspirina, pero antes se daría una buena ducha para despejarse. No le quedaba café ni ganas de hacerlo así  que  comenzó andar calle abajo.

  Cuando quiso darse cuenta estaba haciendo el mismo recorrido que tiempo atrás hiciera acompañado de Ana. Se sentó en un banco y escondiendo su cara entre sus manos sintió unas leves lágrimas asomaban a sus ojos. La quería eso lo tenía que reconocer, pero el pánico que le producía era directamente proporcional al amor que sentía por ella. A sus años no podía tirarse al abismo y sin red.

    Sabía que era el último tren y si no subía lo perdería para siempre él que nunca se había arredrado por nada durante toda su trayectoria vital. Ahora era un miserable cobarde. ¿Y qué sería de Ana? Ella no se merecía el daño que le estaba causando. Él no se sentía lo suficientemente fuerte como para darle una excusa por muy insulsa que esta fuera alejarse ,cambiar el nº telefónico y desaparecer eso era todo lo que pensaba.

    Mientras tanto Ana se desesperaba pensando en el porqué de su ausencia  sin un mensaje, ni una llamada, tanta pasividad e inactividad de Emilio la desquiciaba poco a poco fue comprendiendo que todo había terminado antes de comenzar.

    Sonó el timbre de la puerta la abrió y sus miedos se disiparon al ver como los brazos de Emilio la apretaban junto a su pecho-

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1 comentario:

  1. Me gustó como el tocayo la imaginación lo hace sufrir. Saludos

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