martes, 22 de marzo de 2016

LA ISLA SIN NOMBRE

    Era una tarde heladora de esas que por más que te calientes no sacas el frío del cuerpo. Un grupo familiar sentados al calor de la lumbre, sin televisión ni radio charlando y contando anécdotas de tiempos pretéritos.

     El abuelo recostado en su sillón con su barba blanca y calvo quizás por ello se dejó cubrir la cara, había cambiado mucho ahora era enjuto el paso de los años se leían en su cuerpo; los ojos entornados, pensativo como quién duda si contar o no un viejo secreto.

     Dice una vieja leyenda   pero nadie lo sabe a ciencia cierta; que en la  isla  donde el río Perico se entrega al Duero abrazada por los dos ríos, crecen frondosos árboles, toda clases de arbustos y plantas silvestres que desprenden un perfume especial.

    Vista de lejos a penas se percibe un palmo de tierra, parece un gran bosque enmarañado que flotase en el agua. Un mundo impenetrable donde nadie osaba acercarse.

     Solo visible por unos elegidos en la crudeza del invierno, pues a medida que se suaviza la estación se cubre con un manto de niebla.

  Después de contar antiguas tradiciones el abuelo se incorporó a duras penas apoyado en el bastón se despidió de todos con un abrazo retirándose a su cuarto.

   Casi al amanecer el crujir de la vieja tarima me despertó, con mis sentidos alerta esperé unos minutos pero el silencio reinaba en la casa, entonces me dije: lo habré soñado. Me acomodé  dispuesta a relajarme y  al momento roncaba profundamente.

   —No te vayas todavía—

   —Si cariño, es la hora—

   —Abuelo, no por favor—

   —No te preocupes estaré bien—

   ¿Dónde vas?—

   A la isla sin nombre, un lugar maravilloso para los habitantes de San Andrés—

   ¿Entonces me esperarás hasta que vaya?—

   No lo sé eso lo decide la isla que vela por el pueblo protegiéndonos y a veces las menos también castiga—

   ¿La isla es mágica?—

   Si lo quieres decir así…  es un lugar muy, muy especial de belleza sin igual—

   Me voy cariño es la hora no llores porque  donde voy es un lugar placentero, eres joven con unos ojos negros grandes y una cara como la luna y ese pelo largo que siempre llevas recogido; y lo principal un alma llena de generosidad tienes mucho camino que recorrer—

   Sí abuelo—

    Sintió un fuerte beso en la mejilla que le transmitía todo su amor mientras le susurraba nunca fuera por la isla es peligroso.

   La verdad es que nadie se aproximaba a la isla sin nombre ni siquiera se comentaba de su existencia; unas voces la despertaron miró hacia la ventana era de día, un día gris y lloviznaba.

   Se levantó  a por su primer café vio a  todos en la cocina y entre sus manos tazas calientes y lágrimas silenciosas por sus rostros; me observaban sin decir nada, entonces  corrí hacia el dormitorio del abuelo y al abrir la puerta estaba vacío. 


                  
 
         Sentada en su cómodo sillón, relajada, con los ojos entreabiertos escuchaba la música que se expandía por toda la habitación. Unas notas evocadoras la transportaban a tiempos pretéritos. Bajo ese fondo musical  del Maestro Rodrigo volvió añorar sus años de juventud, cuando paseaba con sus hijos por los mismos jardines que tanto inspiraron al genial compositor.

         En primavera, cuando la estación finalizaba, planificaron su visita por Aranjuez. Había deseado tanto en el pasado conocer el Palacio, la Casita del Príncipe y los jardines que los disfrutó cada instante. A medida que la melodía avanzaba más y más se encontró inmersa en el paisaje. El solo de guitarra penetraba con fuerza en su interior, según se iban desgranando las notas. Su mente le traía  el recuerdo de los frondosos árboles, las flores con tanta variedad de luz y color Y el rumor del agua corriendo por sus fuentes. Todo ello conformaba una maravillosa sinfonía de color.

         Con la llegada al trono de Felipe V, quiso tener en España unos jardines que le recordaran a los de Versalles. Por ello engrandeció el Palacio y añadió el Jardín del Parterre, encargándoselo a un jardinero francés llamado Boutelou. Para ella éstos eran magníficos, los tenía tan cerca que en algún momento de su vida los podría visitar. Cuando por fin pudo pasear por ellos, un mar de sensaciones despertó todos sus sentidos. Con todos ellos absorbía cada imagen, cada sonido y hasta el más mínimo matiz de luz y color.

         El concierto iba llegando a su fin y su ánimo  se había puesto demasiado melancólico. Esto tenía que cambiarlo. Si por árboles y verde era, lo tenía facilísimo, con  ponerse unas playeras, coger las llaves y salir a la calle solucionado. Cruzando unas calles había un parque magnífico con muchos y variados árboles, que por tener, había alguno cuyas raíces salían de las ramas hasta llegar al suelo. ¿Los colores? Toda la gama del arco iris y alguno más que la mano del hombre consiguió. ¿Los pájaros? los que desease, incluso a veces más de los quisiera; las fuentes… ahí sí, no había muchas… bueno, solo una y ¡para qué más! Con la que había era suficiente. ¡Con lo escasa que está el agua! ¿Los bancos? De eso sobraba, cada cuatro pasos había uno. Claro que tenía su por qué, ante tanta contemplación de color uno  podía extasiarse  y debía tener próximo algo en que recostarse.

         Pero para verde, verde…, se dijo: lo que se dice verde…, y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. Que acompañada con el brillo picarón de sus ojos color avellana, dejaba entrever sus lascivos pensamientos.

 

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1 comentario:

  1. que emotivo relato, esa figura del abuelo que tanto significa para nosotros y ese adiós... Besos muchos!!

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