jueves, 7 de enero de 2016

LLUVIA ARMONIOSA


                Rebelde, inquieto, revoltoso y, además, un poco “trasto”. José era delgaducho, tenía unos  ojos azules tan transparentes que parecían dos bolas de cristal. Se creía el líder  del grupo porque le acompañaban en sus fechorías, pero ¡qué ingenuidad!  Los castigos en su mayor parte recaían sobre él.

               Las clases para el niño eran un auténtico tormento, se distraía con el vuelo de una mosca. Sin embargo en cálculo mental destacaba sobre los demás,  un verdadero fenómeno lo hacía con una rapidez inusitada.

                Como casi siempre, se hallaba mirando por la ventana sin atender a la clase de historia la cadencia de las gotas de lluvia golpeando en los cristales era música para él. El aguacero iba cobrando cada vez más intensidad, estaba siendo un invierno muy lluvioso.

            De pronto vio pasar por la calle un perro empapado tiritando de frío. José  no pudo reprimir sus impulsos y salió de la clase haciendo caso omiso a los requerimientos  que le hacia el profesor. Tenía que recoger al animal y protegerlo. Lo metió en la clase de música, que a esas horas se hallaba vacía lo puso junto a la estufa secándolo con los papeles que encontró por allí.

                Una vez cumplido su objetivo volvió a clase  empapado ahora el que tenía frío y tiritaba era él. Entró poniendo cara de no haber roto un plato pero el profesor se le acercó enfadado le recriminó su desobediente acción. José intentaba justificarse por todos los medios, pero eso no hacia más que enfurecerlo. Le impuso un castigo que le resultaría molesto y tedioso: tendría que pasar la tarde en el mismo lugar que había colocado al perro. Con el ruido de los instrumentos al dar comienzo las clases de música seguro que terminaría aturdido.

            Al principio le  molestaba el “ruido”  pero a medida que la lección avanzaba sus dedos apoyados en la repisa de la ventana comenzaron a llevar el ritmo.  A mitad de la clase todos los instrumentos comenzaron a sonar al ritmo de la batuta del director. Ante su asombro descubrió que ese “ruido” comenzaba a gustarle escuchó con atención la melodía que despertó su sensibilidad.

           Se interesó vivamente por la pieza cuando supo su nombre despertó aún más su curiosidad. Se trataba de “La Primavera” una de las partes de la obra “Las cuatro estaciones” de Antonio Vivaldi. Sus  expresivos ojos claros estaban hablando más rápido que su boca se encontraba extasiado por su memorable descubrimiento.

            Pidió permiso para asistir a la clase ante la respuesta afirmativa del profesor un pequeño grito salió de su garganta acompañado de un salto.

            Entonces comenzaron sus primeras clases de solfeo y sus paseos por los diferentes instrumentos. Todos le maravillaban pero tenía que averiguar para cual se sentía más cualificado. Con ayuda del profesor estuvo una semana dedicado a los de viento, jamás se le hubiese ocurrido explorarlos. Sólo pensó en el piano, los demás le gustaban pero no le llamaban la atención de una manera especial. Hasta que el director puso en sus manos la enorme tuba que apenas le dejaba sobresalir por su tamaño. Al finalizar el curso  el instrumento y él eran uno.

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                                                         Tomada de la red.
                                                            

4 comentarios:

  1. Qué bonito cuento. Entrañable y bonito, un niño inquieto que encuentra en la música su mayor aliado.
    Un abrazo.

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    1. Gracias por tu comentario. Es que la música amansa a las fieras jajaja...besitos

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  2. Un hermoso cuento para el deleite de los que nos gusta la música. Un saludo

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  3. Me alegro que te guste pero es un tema que ya he tratado en otro cuento porque la música y las demás artes me encanta. Besitos

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