viernes, 15 de enero de 2016

LA TRISTEZA DE JUANA Mª


     Llegó el invierno con el frío vino el hielo, la lluvia, la nieve y los largos días de niebla tan espesa cómo si fuera Londres.

    Cuando se metían en la cama el frío y la humedad eran tan grandes que las sábanas parecían mojadas.

  El tiempo de las matanzas se aproximaba y  estos días eran de fiesta para los niños que disfrutaban de dulces y pastas.

       En casa de Juana Mª  por entre las rendijas poco a poco se colaba la tristeza por la enfermedad de la madre que cada día empeoraba.

 Juana Mª  se fue a vivir con su tía al pueblo vecino  bastante más extenso y con  comercios de todo tipo. La escuela era grande, espaciosa, con un jardín en la entrada y rodeada por un muro blanco parecía un hermoso chalet.

    Hizo amigos nuevos echaba de menos a los que había dejado atrás; su madre seguía en el hospital pero pronto pasaría unos días en casa  y estarían de nuevo juntas.

    Juana Mª no paraba de hablar le contaba sus jornadas en la nueva escuela y sus inacabables lecturas, pero su madre con una tibia sonrisa le rogaba un poquito de calma y sosiego.

   La niña no podía saber la gravedad que la enfermedad cernía sobre la madre. Con la llegada del nuevo curso Juana Mª volvió a casa de su tía y a la rutina.

   De repente la vida de todos se había vuelto alterar un ir y venir de familiares la alertaron, nadie le decía nada era como si fuera invisible    pasaron al comedor cerrando la puerta, allí susurrando.

   No escuchaba nada pero ella creyó que algo muy grave había sucedido, se lo imaginó y en cuánto pudo le preguntó a su madrina ¿ha muerto mi madre? un escueto sí, fue todo lo que obtuvo ni una caricia, ni una palabra de consuelo, ¡ah, era invisible!... Todos lloraban y se consolaban pero ¿y ella… no existía?



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