martes, 12 de enero de 2016

ENTRE AGUA Y CARACOLES

     El padre tenía una barca en la que cruzaba el ancho y  caudaloso río a la gente del pueblo que necesitaba coger el tren para viajar a la ciudad. Ella siempre  lo acompañaba, le gustaba montar en la barca y ver los dibujos del agua al remar.

     Era muy vieja a veces tenía tablas astilladas por donde entraba el agua Juana Mª  la  achicaba con una lata vacía de conservas.

    No le daba miedo tener el agua en el borde de la  barca aunque no supiera nadar.  Se agachaba y levantaba con mucha rapidez para sacarla y  conseguía mantener el equilibrio aunque ésta estuviera completa de pasajeros.

   A veces se quedaban esperando el regreso de otros viajeros mientras llegaban su padre le enseñaba a buscar bonetillos entre la arena de la ribera. La madre los lavaba para quitarles la arenilla, y los guisaba solos o acompañando alguna carne.

    Según fuera la temporada del año buscaban los frutos que el campo proporcionaba. Era el mes de abril, tras unos días de lluvia, el sol hizo su aparición, y los caracoles también.

    Todos los vecinos salían a buscarlos por los alrededores del pueblo, que estaban llenos de hierba era donde ellos se escondían.

    Juana Mª se calzó sus botas de agua para acompañar a su padre a coger caracoles que después lavaría la abuela y los guisaría al día siguiente. Se relamía solo de pensarlo.

     Buscaron y rebuscaron entre la hierba mojada pese a los impermeables y las botas de goma se ponían  de agua….

     Con  el talego casi lleno de caracoles se fueron a casa antes de  anochecer.

    Por la mañana la abuela los lavó con sal gorda dándolos muchas vueltas y los aclaraba con agua muchas, muchas veces, hasta que no salía mucosidad y luego los guisaba.

    A Juana Mª no le gustaban picantes y  le apartó una cazuelita de barro antes de poner la guindilla. Cuando salió de la escuela  fue  a casa de los abuelos, entró en la cocina vio la cazuelita y cogiendo un alfiler se puso a comerlos sin esperar a los demás.

     Enseguida los terminó, cómo era muy glotona siguió comiendo de la cazuela de los mayores aunque picaran. Comió y comió hasta que la abuela la sorprendió. A partir de ese día jamás le guisó los caracoles en su cazuelita.


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