sábado, 31 de octubre de 2015

LOS SECRETOS DE LA ERMITA

        Era la fiesta de Todos los Santos y en San Andrés los jardines se estaban quedando huérfanos de flores. Sin embargo por estos días las lápidas del pequeño cementerio se convertían en mantos de un cromatismo inusual. Todas las losas  limpias y adornadas, todas... Menos una.
     Ese año apareció por allí un anciano con un gran ramo de rosas rojas a duras penas se agachó al pié de la tumba, limpiándola con un ajado periódico. Sobre ella solo había escrito un nombre, “ROSALÍA”; el hombre depositó con ternura el ramo encima de las letras al tiempo que unas lágrimas se deslizaban por su rostro.
  Allí nadie lo conocía pero él se movía  con soltura, como si hubiese habitado allí toda la vida aunque habían pasado muchos años el pueblo apenas había cambiado. Alguna que otra casa de nueva  el agua corriente y el asfaltado de las calles era lo más significativo. 
  Su belleza paisajista se debía a los dos ríos que bañaban el pueblo y a las redondeadas colinas que lo enmarcaban. Contaba con la iglesia parroquial de estilo románico y una preciosa ermita rodeada por unos muros con una hilera de álamos a lo largo de estos y una puerta con dos hojas de forja negra completaba el exterior  del recinto.
   La enorme pradera era  antesala del edificio. A la derecha adosado al muro, había una vivienda de adobe donde se alojaba la familia del guardes. Él cuidaba del mantenimiento tanto  interior como exterior, pero el repaso de los accesorios religiosos quedaba a cargo de las mujeres de la familia.
  Berto nunca perdió el contacto de los acontecimientos relevantes que ocurrían en el pueblo, la suscripción  al periódico de la provincia le mantuvo informado.
   Cuando los habitantes de la localidad decidieron restaurar la ermita no sabían que despertaban los fantasmas del pasado, un pasado que todos se habían empeñado en olvidar. Comenzaron por talar los árboles centenarios que la rodeaban, para continuar derribando el muro y la ruinosa casa del guarda. Las hermosas puertas desaparecieron una noche y nunca se supo que fue de ellas.
    Al retirar los últimos escombros de la vivienda descubrieron lo que parecía una tumba extrañados removieron las piedras y la tierra hasta que el crujir de la madera les hizo detenerse. La sacaron con cuidado y desclavaron las tablas de la tapa.
      Los ojos de los asistentes miraban con asombro el descubrimiento que estaban presenciando; un esqueleto de mujer cubierto con ropas de otros tiempos y al cuello una cadena de plata de la que colgaba la medalla de la Virgen con una inscripción en el reverso: “Berto”.                                                                                    
    Se puso en marcha el protocolo judicial para identificar el cadáver y darle sepultura. La familia que en otro tiempo habitó la casa había emigrado hacia la capital a los pocos años de que su hija huyera del hogar. El esfuerzo por reconocer los restos fue inútil el hallazgo se publicó en el periódico pero nadie respondió.
    Las autoridades dieron sepultura a los restos no hubo funerales ni comitiva que los acompañara hasta la tumba, sus huesos descansarían en un lugar apartado de las demás. Las hierbas pronto lo invadirían todo  y entonces pasaría desapercibida hasta caer en el olvido.
 Un día una lápida de mármol blanco  la cubrió.

 Durante bastantes semanas fue  tema de conversación  e intriga de la gente de la comarca el hecho transcendió más allá de la provincia, pero como casi siempre el tiempo terminó por acallarlo.
   Berto paseaba por San Andrés recordando su infancia y parte de su juventud.  Sus padres habían fallecido hacía  años y sus hermanos emigraron a diversas ciudades. En el pueblo no  quedaba ningún familiar.
    Como un turista corriente preguntó por alguien que enseñara la iglesia y la ermita. Lucía  era quién en ese momento se responsabilizaba de las llaves de los lugares de culto y en atender a los visitantes.
     Berto  pidió ir primero a la ermita estaba inquieto por conocer todo lo que se comentaba acerca del  extraño descubrimiento acaecido por allí.
  Durante el  paseo Lucía no paraba  de hablar  de las excelencias que adornaban a San Andrés, ella tenía a gala de ser la mejor informada todo lo que en el pueblo sucedía la denominaban “la gaceta” o “corre ve y dile”.
   Él se limitaba a oír sin implicarse en la conversación deseaba pisar de nuevo las baldosas de la ermita y buscar en su memoria aquellos lejanos recuerdos de su incipiente juventud.
   Al traspasar el umbral  le embargaba una gran emoción sus  denodados esfuerzos por reprimir las lágrimas que luchaban por brotar.
  Después de curiosear  por el recinto le pidió a Lucía  quedarse a solas un rato. Ella se marchó no sin antes indicarle dónde debía dejar las llaves  cuando se fuera.
   Berto se sentó en el primer banco, respiró profundamente, cerró los ojos y sus recuerdos comenzaron a hacerse presente. Escuchó la voz de Rosalía llamándole igual que hiciera cada vez que se veían a escondidas; entonces él salía de detrás de la puerta que llevaba al coro y se fundían en un largo abrazo sintiendo su calor  y sus besos. Su perfume floral  inundaba todo su ser. ¡Dios mío como la amaba!
    A su regreso del servicio militar la buscó   preguntó por ella a todo el que quería escucharle, pero siempre se topaba con la misma respuesta: “se fue del pueblo a Madrid”. Sin embargo al indagar un poco más, llegó a la conclusión que nadie la había visto partir. Por ello se fue en su busca y  al no hallarla continuó  su vida lejos de San Andrés.
   De pronto recordó el escondite secreto donde se dejaban las notas cuando la situación se tensó tanto que Rosalía apenas podía salir de casa. Sus padres habían concertado su matrimonio con un hombre veinte años mayor.
   Su continua negativa a contraer nupcias con  él la condujo a un encierro casi total. Los padres decían que se hallaba enferma   apenas salía a la calle, solo iba a la ermita.
    Los jóvenes buscaron comunicarse evadiendo la vigilancia de la familia. Las notas que se escribían estaban ocultas en una oquedad que  fabricaron en el camarín de la Virgen.
   Berto, como movido por un resorte, se levantó y se dirigió al escondite pero había pasado tanto tiempo que le costaba trabajo identificar el lugar exacto. Después de tocar  los bordes de varias tablillas consiguió ahuecar la correcta.
Vio una flor seca encima de un sobre amarillento  y ajado por el tiempo.
  Con mano temblorosa Berto lo cogió colocando la tablilla en  su lugar. Volvió a sentarse pero esta vez lo hizo en un banco próximo a la puerta del coro, allí aprovechaba la luz que se colaba por la puerta y tenía  visión suficiente.
  Respiró profundamente  con manos temblorosas comenzó a tocar el sobre pues había una cosa abultada en su interior. Su curiosidad fue en aumento y con cuidado fue rasgando el papel para ver su contenido. Apenas hizo un pequeño agujero y  lo volcó entonces cayó el dije que le regalara cuando partió a la mili.
  Lo abrió viendo con sorpresa que su foto había sido cambiada por una de Rosalía pasó su dedo por ella como si la acariciara; comprobó que su foto estaba detrás. Tomó la cadena y al poner el colgante se percató que estaba rota. Lo acercó a sus labios besándolo para a continuación guardarlo en un bolsillo del pantalón. Ahora todo su interés se concentraba en la carta que ella le escribió.

         Mi querido Berto, amor mío estaba esperando tu regreso con impaciencia antes de decirme a escribir. Mis padres nos lo han puesto complicado como te dije la vez anterior siguen empeñados en casarme con Ángel, solo por su dinero mis rotundas negativas no sirven de nada. Necesitaba decirte que estaba embarazada y esperaba que nuestro hijo ayudara a solventar nuestra situación.
    Hace unos días se presentó Ángel en casa para formalizar el noviazgo y poner  fecha a la boda, mi rotunda  negativa enfureció a mi padre y él se marchó con la promesa de hacerme cambiar de opinión.
    Creí que la discusión había terminado y me fui a mi dormitorio, entonces escuché como discutían mis padres, los gritos  me desesperaban  salí para apaciguar la bronca.
  Mi padre estaba furioso  me preguntó  por la razón de mi negativa. No me quedó otra alternativa me vi tan acosada que les conté que estaba embarazada de tres meses.
    Así que se puso tan fuera de sí que me zarandeó con tal violencia que caí por las escaleras, como consecuencia tuve la pérdida de nuestro hijo. A raíz de lo sucedido estoy enferma siento que la vida se me escapa, no quieren llamar al médico para que no se sepa lo ocurrido.

     Ya sabes el que dirán  la familia quedaría marcada. No se que será de mí pero quiero que sepas la verdad y sino nos volvemos a ver guardes el dije con todo el amor que siempre nos une.
        Te amo, siempre tuya
                                                                                Rosalía

     Con las lágrimas bañando su rostro dobló con cuidado la carta se la llevó a los labios  la besó, con un beso tan intenso, cálido y amoroso que nadie pudo imaginar jamás.
 
  Alzó la vista hacia la Virgen  rezó como nunca lo había hecho oraba por su alma. Comprendió el sufrimiento tan grande que le proporcionó su amor y él pensando durante tantos años que ella lo abandonó.
   Un sentimiento de culpa se adueñó de su espíritu. Entristecido con las manos metidas en los bolsillos, cabizbajo se dirigió a la puerta cerró con la llave  encaminando sus pasos por el paseo llegó a la carretera que le acercaba hasta la entrada del pueblo, en ese mismo instante tuvo la sensación  que pronto se reencontraría con ella.
    Llegó hasta la casa que Lucía le indicó y entregó las llaves  fue hacia su coche sin saber muy bien que hacer. Los pensamientos contradictorios se agolpaban en su mente. Puso el auto en marcha con dirección a la capital cuando al pasar por delante del taller del marmolista frenó en seco. Una idea pasó veloz por su cabeza y decidió ponerla en marcha.
    Entró en el despacho a recoger su cartapacio y un sobre para el dije, acto seguido se metió en el coche lo arrancó y ahora sí. Volvía a casa.
     Durante el trayecto no dejó de pensar su mente le retrotraía a los momentos más tiernos vividos junto a ella.
   Una vez en su hogar echó un vistazo a las fotografías que resumían su vida de tanto años, su esposa ahora ausente, sus tres hijos y los pequeños que le hacían sonreír cada mañana.
    Estuvo varias horas delante del ordenador buscando sin cesar algo que concretara la idea que tuvo en San Andrés.
   Al día siguiente fue a la consulta del médico especialista a recoger el resultado de las pruebas que anteriormente al viaje se había hecho.
   No fueron buenas noticias el reloj de su vida comenzó su marcha atrás no le impresionó quizás su inconsciente lo esperaba. Con el informe en la carpeta entró en la cafetería del hospital a tomarse un gran desayuno.
   Su rostro se relajó conforme saboreaba cada bocado  disfrutaba del café ardiente que tanto le gustaba. Después regresó a casa y comenzó a organizar sus papeles legales.
  Llamó a su hija para tomar una merienda ella aceptó la invitación  su curiosidad aumentó cuando le rogó que llevara su cuaderno de dibujo y los lápices.
   Berto tenía una ligera idea de como tenía que ser el monumento funerario, solo necesitaba que alguien lo plasmara en papel y su hija que siempre lo comprendió seguro lo iba a conseguir.
    Tras una extensa charla llena de confidencias por ambas partes “la niña”, como él la llamaba, abrió el bloc y con agilidad sorprendente trazaba unos rasgos que pronto se convirtió en un bello boceto. Su padre sonrió lleno de satisfacción por el resultado, sin duda captó el sentimiento. Si el escultor seguía fielmente el boceto estaba  demostrando al mundo su gran  amor. 
   Echó una ojeada y vio que todo estaba en orden, metió un poco de ropa en una bolsa  bajó al garaje para iniciar el viaje pero esta vez si sabía su final.
   Cuando llegó a San Andrés los albañiles estaban prestos  para montar el grupo escultórico. En el cementerio el marmolista terminaba de pasar un trapo para limpiar los últimos restos de polvo. Berto comprobó con sus ojos que el mausoleo de Rosalía quedaba perfecto.
    Volvieron al despacho a finalizar los últimos flecos del contrato, entonces se le ocurrió preguntar  por una tumba cercana. Le informaron que si lo deseaba podía utilizar la de Rosalía, ya que cabían dos féretros. Concretó con el marmolista que solo pusiera “BERTO” debajo de ROSALÍA no hacía falta más.
 
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CASTELLANA VIEJA


       Nada mejor que comenzar con un refrán que reza “castellana vieja, refranera y puñetera”. No es por la edad, que no es por ahí, si no más bien se refiere a la zona de España que hoy conocemos cómo Castilla-León, la antigua región de Castilla la Vieja.

       Allí están las raíces de mis antepasados y por lo tanto las mías. Me crié con mi abuela materna. Por aquellos tiempos en el que el viajar era muy complicado ( pues casi nadie salía de su comarca) ella  recorrió media España y no en sentido figurado sino literalmente desde Madrid hacia el norte. De cada lugar absorbió cada costumbre haciéndola suya de tal modo que para los que estábamos a su alrededor nos parecía un pozo de sabiduría.  

       Cuándo salía de la escuela,  mientras los demás niños se entretenían con los juegos, iba directa a casa pues nunca sabía con qué me sorprendería a la hora de comer. De cualquier cosa solía hacer platos increíbles, pero me encantaban sus guisos de legumbres, los calamares en su tinta, el pollo a la canela y sus riquísimos asados.

     Además de sus recetas, cómo habréis comprobado, los refranes son una parte esencial de mi vocabulario, y por ello aprovecho mi blog para rendirle un mínimo homenaje. ¡Ya me gustaría hacerle uno mejor!

      Cada vez que alguno acude a mi mente o lo publico, la siento viva, cercana y una sonrisa aflora a mi boca. Porque morir, desde luego mientras yo respire, ella nunca lo hará y su recuerdo permanecerá  vivo en sus descendientes.

      Una faceta suya, quizás la más desconocida para la gente, era su peculiar forma de contar las historias, que no sabías cuando se las inventaba o si realmente sucedió.

      Estoy dudando entre si terminar esta entrada con uno de sus clásicos refranes o una de las anécdotas que os saquen una sonrisa, el problema reside en cuál elegir pues para gustos, colores. Pensándolo mejor os dejo un chascarrillo: “Porque llevo pendientes dice mi suegra, que soy aficionada  a lo que cuelga”.
    

viernes, 30 de octubre de 2015

REFRÁN


El que come y canta, algún sentido le falta.

 

AMADÍS

     Estaba orgulloso de su nombre, de su porte gallardo y su fortaleza, junto con la lealtad y la defensa a ultranza de los suyos eran las cualidades que le adornaban.

    Un día ante la remodelación de la finca donde residía fue trasladado a la casa de unos amigos. Al principio le costó adaptarse a la nueva vida pero enseguida jugaba con los niños y la madre, entonces al verse tratado con cariño lograron sacarle las virtudes que atesoraba.

    Le llamaban Dis un diminutivo de Amadís  nombre que les resultaba extraño pues no lo habían escuchado. La madre les explicó que en el siglo XV era muy común ponérselo al perro favorito de los señores castellanos, quizás fuera debido a un libro titulado Amadís de Gaula famoso por aquellos lejanos años.

    Cuando se levantaban por la mañana Dis les saludaba con sus dulces ladridos  hasta que  salían a hacerle las caricias de todos los días no cesaba de llamar su atención. Después se echaba a un lado de la puerta poniendo  sus orejas en alerta.

    Al venir del colegio les esperaba al lado de la verja para correr con ellos, se dejaba que lo montaran como si fuese un poni, ¡vaya trío! Disfrutaban hasta con el balón de futbol.

    Todos le querían mucho incluso el gato dormía tranquilamente a su lado debajo del árbol más frondoso del jardín en los días sofocantes de verano. Una estampa deliciosa de contemplar.

   Una noche se aproximó un coche de la policía municipal para prevenirlos de los robos que se estaban produciendo por la zona, al oír las voces de los agentes el perro sacó la fiereza de sus ladridos asustando en grado sumo al policía, desenfundando el arma amenazadora sin dejar de gritar, entonces la madre le recomendó guardarla bajar el tono de voz por que estaba provocando la ira  animal, ella le acarició a la vez que  susurraba para calmarlo Dis se calló sentándose a su lado pero sin disminuir un ápice su estado de tensión.

    El policía no salía de su asombro ¡que susto! Todavía respiraba agitadamente no terminaba de calmarse, pese a comprobar  con que facilidad  lo había controlado.

    Hasta entonces la familia no se dio cuenta de lo protegidos que se hallaban a pesar de los  constantes viajes del padre al extranjero. 

   Pero después de tanto tiempo y como era previsible las obras en la finca extremeña tocaron a su fin. En la mañana de un domingo de primavera se oyó el claxon del todo terreno en el que un día llegara Amadís. Salieron a recibirle todos en tropel incluido Dis que moviendo el rabo demostraba su alegría

    La tristeza se apoderó de los niños al ver como su paciente compañero de juegos se despedía de ellos. Se subieron con él le acariciaban le tiraban de las orejas y sobre todo le besaban y lo abrazaban.

    Paco abrió la puerta trasera metiendo al animal pero tardó más él en cerrar la puerta que el perro en saltar hacia los niños. La operación se repetía una y otra vez extrañado por su comportamiento rogó a los niños que se metieran en el coche con Amadis.

    Una vez que todo estuvo cerrado y acondicionado salieron de uno en uno dejando un corto espacio de tiempo para que el animal no se pusiese nervioso e hiciera el trayecto tranquilo. Dis con la cara pegada al cristal de la ventanilla les miraba con tristeza, hasta que el todo terreno tomó la curva de la carretera y ya no se le vio.


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jueves, 29 de octubre de 2015

REFRÁN

Dos que duermen en un mismo colchón, se vuelven de la misma condición.

DOBLE TRAICIÓN

   Por debajo de la mesa Vicente sintió que unos pies acariciaban sus pantorrillas miró a izquierda y derecha pues su mujer estaba enfrente. Ambas familias estaban reunidas en el restaurante celebrando el cumpleaños y la graduación del hijo mayor, que esta vez ocupaba asiento junto a su madre.

Sin embargo él tenía a los lados a Cristina y Sandra, hermanas de su mujer, estaba inquieto. Se habría equivocado – pensó – tiene a su marido al lado. Sin duda debía ser Cristina porque Sandra nunca mostró interés por los hombres.

Toda la comida transcurrió con la algarabía propia de la festividad familiar hasta los postres; ahí estaban demasiado relajados con los efluvios de las bebidas y una mano se deslizó sobre la pierna de Vicente. Él se quedó inmóvil. Sí, era Cristina pero ¿cómo actuar en semejante situación? Siguió quieto y aguantó la respiración hasta que ella retiró su mano.

Después de la personalizada tarta que tanto les asombró vinieron brindis y más brindis, ¡viva la alegría! Vicente anhelaba que acabara cuanto antes, se desquiciaba por momentos, pero de pronto dio un respingo cuando notó de nuevo la mano de Cristina acariciándole la entrepierna.

Se levantó con sudores fríos y fue al baño a mojarse la cara y el cuello. Estaba a cien pero debía controlarse aunque la que debía tocarle ni siquiera le miraba. Apoyadas las manos sobre el lavabo se miraba en el espejo como si éste pudiera darle las respuestas que necesitaba.

Ya había observado en otra ocasión que,  por el resquicio de la puerta, su cuñada le miraba mientras dormía la siesta en calzoncillos, con su verga erecta escapándose de ellos.En esa ocasión se hizo el dormido pero algo similar sucedió en otra ocasión. Estaban sentados en el sofá de su casa viendo una película y él trasteaba con su nuevo móvil, poniéndolo a grabar para ver la calidad del aparato. No esperaba visionar nada interesante, cual sería su sorpresa al comprobar los movimientos pélvicos continuados de Cristina, que sólo mirándole llegó al  éxtasis orgásmico.Pasados los primeros instantes de alucinación soltó una carcajada pero en lugar de borrarlo lo pasó al archivo secreto del ordenador. En cuanto la familia  dormía se levantaba sigiloso e iba al despacho, revisándolo con morbo y comenzando la masturbación  hasta conseguir la eyaculación.

            Regresó al gran salón, que estaba quedándose vacío. Muchos de los invitados iban hacia los coches planificando una tarde divertida para los niños.

   Cristina se le aproximó invitándole a que la llevara a casa en su vehículo pues su marido se quedaba con su madre, sus hermanas y los críos. Sin decir nada, solo con un movimiento afirmativo de cabeza, se subieron al automóvil. Vicente seguía sin abrir la boca  y ella soltaba de vez en cuando algo insinuante. Por fin llegaron a la vivienda y Cristina le invitó a pasar; él sabía bien lo que sucedería, aún así entró cerrando la puerta tras de sí e inmediatamente ella se abalanzó poniéndole contra la pared, besándolo mientras le desabrochaba el cinturón. Vicente se dejó llevar hasta el sofá, quitándose la ropa y mientras ella se desnudaba con furia desenfrenada.

Regresó a casa con sentimiento de culpabilidad. Abrió despacio encaminando sus pasos hacia el despacho cuando al pasar por delante de la puerta del salón vio la misma escena que acababa de interpretar  solo que con actores cruzados.
  
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martes, 27 de octubre de 2015

LA FLORIDA, CIBELES Y LA ESTACIÓN DE CHAMBERÍ

   Después de varios años residiendo en una ciudad de Levante  decido pasar unos días de vacaciones en Madrid. Me alejo de los lugares más turísticos para admirar otros igual de interesantes. Comienzo por una antigua estación de metro que me recuerda mis primeros años en la capital, en aquel tiempo había muy pocas líneas lo que contrasta con las innumerables que existen hoy.
    El guía me cuenta que a mediados del siglo XIX el barrio de Chamberí  era una zona industrial  con pocas viviendas que fue creciendo a medida que se industrializaba. Hacia finales del siglo XIX el metro llega al barrio, la estación fue diseñada por Antonio Palacios con unos acabados sencillos incorporando la luz natural mediante un lucernario en el vestíbulo.
   La bóveda está recubierta de azulejos blancos biselados y sus estribos estaban decorados  por grandes recuadros de azulejos sevillanos que limitan el contorno de los carteles anunciadores, también de cerámica con un encintado de ocre y azul.
    Los carteles publicitarios son uno de los grandes atractivos de la estación al conservarse tal y como creados en la década de los años veinte.
    En las obras de remodelación metropolitana la estación quedó fuera del plano y en 1966 se clausuró, los madrileños la conocen como “la estación fantasma”.
    Hoy la he podido contemplar convertida en museo según me cuenta el guía a veces se utiliza para actos especiales y ocasionalmente en algún rodaje cinematográfico.
    Salgo al exterior para volver a entrar y para dirigirme hacia la Plaza de la Cibeles, quiero observarla con detenimiento después de enterarme por un artículo  del periódico lo que su subsuelo esconde.
    Con una copia en la mano releo despacio para memorizar, su escultor fue Ventura Rodríguez en un principio era para los jardines de La Granja, pero al ensanchar la ciudad quisieron un adornarla con algo especial y la estatua cambió de ubicación.
   La diosa griega de la tierra y la fertilidad, guardiana del oro español  si sufriera un robo o asalto todas las habitaciones se inundarían con el agua de la fuente en unos segundos. El agua va del subsuelo de los leones hasta la habitación acorazada, por eso se considera uno de los bancos más seguros del mundo. Se ha convertido en un lugar de celebración de los triunfos del Real Madrid.
   Tiene  ya 230 años y permanece incólume protegiendo la capital con la llave que porta en su mano símbolo de la vida según la mitología griega. En la ciudad de México existe una réplica de la fuente donada por los españoles residentes en el país mejicano.
    Voy dando un paseo hasta la Puerta del Sol para tomar un refrigerio en la Mallorquina después continuo mi excursión por el Parque del Oeste para acercarme al cementerio de la Florida.  Quedé con la persona responsable del cementerio para enseñarlo y terminar un día diferente lleno de satisfacción.
    El pequeño grupo prestábamos tanta atención que solo se escuchaba su voz  describiendo el lugar: Como obsevarán el cementerio es un recinto modesto de reducidas dimensiones, rodeado por un muro de mampostería en aparejo toledano con dos hileras de cipreses, una pequeña capilla y una columna conmemorativa de su creación en 1796 y de los enterramientos de los fusilados el tres de mayo de 1808. Fue erigida en 1981.
   En  dos cajones de plomo y cinc se hallan los restos de los fusilados situados en una cripta bajo una pequeña capilla y una reproducción en azulejos del cuadro de los fusilamientos del tres de mayo de 1808  realizado por Goya. Este pequeño cementerio era utilizado como un lugar de enterramiento, dependiente de la cercana ermita de San Antonio, en el se enterraba el personal de servicio del Palacio Real.
 Al regreso de Francia Fernando VII en esos  lugares fundó la Real fábrica de porcelanas de la Moncloa. Terminado el recorrido  me fui a tomar unas tapas por las tabernas de las calles adyacentes a la Plaza Mayor, luego otra vez al metro agotada y deseando llegar a casa para darme  un largo baño de burbujas.


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REFRÁN

Haz bien y no mires a quién.

S. RUSIÑOL


viernes, 23 de octubre de 2015

¡VAYA VERANOS!

    Llegó el verano y con él el trasiego ingente de turistas hacia las costas, así que mi familia no iba a ser una excepción. Cargados con maletas y trastos para la playa, en pocas horas se hallarían tocando el timbre de la puerta. Sus alegres voces son un bálsamo al contagiarme su entusiasmo.
             Pasamos varios días de sol y mar todo transcurría con normalidad hasta que una madrugada al levantarme para ir al baño con el niño, resbalé y caí sobre mi brazo rompiéndome la muñeca derecha. Con ella escayolada los días que restaban no fueron tan divertidos como esperábamos. Atrás quedó la navegación a la isla de Tabarca y su maravilloso fondo   marino.
            Se acabaron los días de asueto y ellos regresaron a Madrid. Ya estaba de nuevo sola pero ésta vez con la mano “tonta”.
  En esas circunstancias necesitaba imperiosamente despejarme, por ello llamé a unas amigas para salir a comer y pasar una tarde agradable.
    ¡Ay, los helados! Callejeando dimos con una heladería que hacía los mejores helados artesanos de la capital, tan buenos que quitaban el sentido, sobre todo el de chocolate negro y menta.
             Las anécdotas fruto de mis despistes estaban a la orden del día lo que daba lugar a bromas y chanzas, con solo mirarnos la sonrisa aparecía en los ojos y una leve risa afloraba en nuestras bocas.
             Por fin la escayola que aprisionaba mi muñeca y parcialmente la mano desapareció, su lugar lo ocupó un gran hinchazón acompañado de un dolor insoportable que no hacía fácil la recuperación. Tuvo que llegar el otoño para comenzar la rehabilitación.

                        En la primera consulta mi médico rehabilitador no me transmitió buenas vibraciones, supongo que yo a él tampoco. En una de las consultas periódicas decidió no mandarme más sesiones con Henry y ahí mantuvimos un pulso pues mi mano distaba mucho de recuperarse.
    Entonces cambió e intentó manipularme con las frases consabidas: que con los recortes no podía hacer más, que ocupaba la plaza de otra persona necesitada de rehabilitación... Usó todo los recursos que encontraba para que cambiara de opinión, pero cuando acabó su perorata le dije: “Eso está muy bien pero  ¿Cuántas sesiones me manda?
             Él giró la cabeza de un lado a otro y replicó: “No hay manera sigue en sus trece”. A lo que le contesté afirmativamente con la cabeza. Se me quedó mirando unos instantes, callado, observando por fin respondió: “De acuerdo vaya otro mes más y después vuelva a consulta”.
    Cuando pude abrocharme la ropa fue un notición y una alegría inmensa, por fin “la mano tonta” ya servía para algo.
     Mientras hacía mis ejercicios sonó el móvil: la voz de Chari transmitió inquietud y dolor, me asusté algo pasaba: decía que la había atropellado un coche y que se había roto un brazo el derecho. Me tranquilicé al saber que ya estaba en casa y sobre todo cuando haciendo gala de su buen humor me dijo que ahora éramos dos las “mancas del Postiguet” solté una carcajada.
             Mi rehabilitación estaba llegando a término faltaban dos días para la consulta y presentía que me iba a dar el alta definitiva pero lo que no sospechaba era que después del reconocimiento intentara ligar conmigo. Mi reacción debió ser tan expresiva que sonrió abiertamente alargando la conversación para retenerme unos minutos.
    Con el alta en mi poder hice el gesto de despedirme pero él me volvió a citar para dentro de seis meses. No daba crédito a lo sucedido.
   ¡Cómo ha pasado el tiempo! Ya está finalizando otro verano, Chari se recuperó  y yo todavía estoy con los ejercicios en casa pero afortunadamente los progresos son evidentes y “las mancas del Postiguet” pronto pasará a ser un recuerdo  de dos estíos aciagos que siempre nos harán exclamar: ¡vaya veranos!



       ©   
                                                              












                       
 
 

REFRÁN

Hijo de pobre, no necesita criado.

REFRÁN

Reunión de pastores, oveja muerta.

REFRÁN


Cielo aborregado, suelo mojado.

jueves, 22 de octubre de 2015

IN MEMORIAM


          Quizás el título llame a engaño, pero no, no es  un obituario al uso. Aunque el fallecido  no sea  ilustre, para mí lo fue y ¡No! No está muerto, está muy vivo. Es maduro “físicamente”, de porte gallardo, con una inteligencia y competitividad llevada al extremo; tiene una buena posición económica y una posición social labrada con esfuerzo y tesón (entre otros méritos). “Todo un partidazo”, cómo dirían nuestras abuelas.

            Pero... siempre hay un pero. Entre tantos talentos se olvidó de desarrollar lo que ahora se ha dado en llamar “la inteligencia emocional”, de ella sufre unas carencias bestiales. Tiene reacciones infantiles ante cualquier tropiezo, bien de índole caprichosa o afectiva. Acostumbrado a hacer realidad en cada momento cualquier mínimo deseo, si ha de asumir una contrariedad se siente descubierto cómo un niño en una travesura y eso le lleva automáticamente a castigar al otro por ello, para justificar su desmesurado ego.

Ha llegado el momento de su obituario, por fin murió en mi corazón, me siento liberada de las invisibles pero férreas cadenas con las que me ataba.

            Ahora verdaderamente sé que será un infeliz, un inmaduro y un niño grande, con  un exceso de infantilismo afectivo marcado por la insatisfacción y siempre en busca de una madre en lugar de una compañera.

            Volcado en el trabajo, al llegar la noche se encuentra desfallecido, sin tiempo para detenerse un instante y mirar en su interior, sólo el tiempo justo de meterse en la cama y cerrar los ojos para abrirlos al día siguiente y continuar con la misma rutina.

            Buscando subterfugios que le ocupen el tiempo de ocio y aislarse del mundo, no es más que un pobre hombre lleno de miedos, que no se siente amado y que es incapaz de arriesgarse un poquito a ser feliz por un tiempo,  por muy breve que éste sea.

                                                                           DESCANSE EN PAZ
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                                             imagen bajada de la red.

REFRÁN


Pincha a la Inés, y verás quién es.

martes, 20 de octubre de 2015

REFRÁN


Abogado, juez y doctor, cuánto más lejos mejor.

ELLA Y SU FANTASMA

      Era de madrugada cuándo se despertó para ir al baño, medio adormilada echó una fugaz mirada al espejo quedándose impactada ante su reflejo. No reconocía el rostro envejecido, (pero sin apenas arrugas), el cabello cano y los ojos hundidos cómo sin vida. ¡Qué triste! Pensó: “si esa fuese  realmente yo”.
     Metida en la cama comenzó a divagar por los acontecimientos que le habían llevado hasta ese momento. Retrocedió a sus recuerdos más primigenios descubriendo asombrada que tenía algunas cicatrices “minúsculas”, pero cicatrices al fin y al cabo.
    A sus recién cumplidos diez años la ausencia materna la llevó por diversos internados, paradojas de la vida, son los momentos hermosos que todavía hoy le hacen sonreír.
    Luchadora innata, de carácter recio, sobrio y romántica empedernida, (esto último continúa siendo su talón de Aquiles, aunque se esforzaba por negarlo y reprimirlo en el fondo de su alma), ahora con tanto e intensamente vivido el romanticismo había salido de su corazón y también la ilusión por encontrar el amor, el amor correspondido, generoso, comprensivo, ese en el que te puedes apoyar cada día para superar las dificultades que la vida conlleva.
    Sin embargo mientras paseaba la pasada tarde por una calle peatonal adoquinada, se fijó en cómo la hierba se abría paso por entre las uniones formando unas hileras de un verde intenso que contrastaba con el tosco gris del cemento. Esa observación dibujó una sonrisa en su cara.
Si la fragilidad de una brizna de hierba tiene la fuerza para abrirse paso a través del adoquín, ¿Quién era ella para dudar del potencial de su corazón y la fuerza de su destino? 

Que no hagan callo las cosas
Ni en el alma ni en el cuerpo…
Pasar por todo una vez,
Una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero.
 

REFRÁN

Amigo que no da pan y cuchillo que no corta, aunque se pierdan no importa.

lunes, 19 de octubre de 2015

REFRÁN

 Médicos errados, papeles mal guardados y mujeres atrevidas, quitan vidas.

REFRÁN

Después del burro muerto, la cebada al rabo.

REFRÁN

Ni médico novel, ni confesor doncel.

HECHA POR BELÉN


sábado, 17 de octubre de 2015

EL POSTRE DEL DOMINGO


LAS DAMAS DEL ARROYO

María volvía después de  muchos años al lugar en el que creció rodeada de toda su familia. Añoraba el modo de vida tranquila, de confianza, colaboración, y también los días felices de su niñez. Cuando traspasó el umbral de la casa donde nació un montón de recuerdos se agolparon en su mente.
Respiró profundamente mientras encaminaba sus pasos a su antiguo dormitorio, en él  permanecían inalterables algunos pequeños objetos  tan queridos para ella: la cajita de madera labrada por su padre para un cumpleaños, un frasquito de agua de colonia con olor a hierbas que utilizaba su abuela, y que le pedía a todas horas, y una fotografía amarillenta con sus abuelos.
Abrió la maleta disponiéndose a colocar las pocas cosas que había traído para pasar el verano. Después recorrió todas las estancias para comprobar si todo estaba preparado.
 A la mañana siguiente subió al desván en busca de un baúl donde antaño guardaban las pertenencias familiares. Hacía mucho tiempo que nadie había puesto orden allí,se tropezaba con cajas a medio llenar de no se sabe qué, las herramientas de labranza y hasta dos tablas de lavar.
   Al verlas sonrió; no le extrañó al hallar la grande pero le sorprendió encontrar la pequeña no pudo evitar levantarla del suelo y acariciarla al ponerla de pie junto a la pared.

 Entonces recordó nítidamente el día en que lavó en el arroyo junto a su madre notó cómo resbalaba el anillo de su dedo. La corriente se lo llevó a toda velocidad por más que intentaron buscar entre las piedras y   las hierbas de la orilla no lograron encontrarlo. La sortija desapareció para siempre.
Cuando llegaron a casa María todavía seguía llorando con tanta angustia e hipo que no encontraba consuelo en nada ni en nadie. La abuela le secó las lágrimas y comenzó a contarle que su anillo no estaba perdido solo había cambiado de mano.
 En las fuentes, lagos y arroyos viven unos seres mágicos llamados ninfas, las cuales se sirven de todas las cosas que arrastra el agua. Y que ahora su sortija luciría espléndida en el dedo de alguna Náyade.
El hipo desapareció y comenzó a crecer su curiosidad por esos seres mágicos  desconocidos para ella. Las preguntas salían de su boca atropelladamente, quería saber todo sobre ellas, si sólo existían en el agua o por más lugares y si alguien las había visto.

    La abuela se levantó, abrió un cajón y de él sacó un librito amarillento lo abrió para enseñarle los dibujos de las diferentes clases de ninfas. Luego le leyó que las había de los bosques y praderas, también de las montañas y que recibían distintos nombres según los lugares donde habitaran. Ahora comprendió por qué siempre le interesó  la mitología.
 Continuó echando un vistazo por el resto de las cosas del desván, pero sólo quedaba algún mueble desvencijado, una antigua bicicleta y pocos trastos más.
    Fue a su habitación se calzó unas playeras y salió a recorrer los lugares que anduvo de pequeña. Sus pasos se encaminaron sin pretenderlo hacia el arroyo donde tantas veces fueron a lavar.

Al llegar se agachó metió la mano en el agua y la agitó, como si inconscientemente fuera a encontrar a la ninfa que tuviera su anillo su anillo dorado con una piedra roja en el centro.
 Tras el largo paseo y después de dar buena cuenta de las viandas se echó una siesta. No le quedaban fuerzas para nada más.
Se despertó con dolor en todo el  cuerpo, el fresco de la tarde se colaba por la ventana que  se había dejado abierta sin darse cuenta. Durante unos instantes se sintió extraña, no recordaba dónde se hallaba. Estaba tan desorientada que no sabía si estaba soñando.
De repente algo la atrajo hasta el lugar en que descansaba la cajita de madera que había abierto unas horas antes. Su corazón comenzó a acelerarse inquieta se levantó al ver un rastro de gotas de agua que provenía de la ventana y terminaba en la cómoda. Con manos temblorosas abrió la cajita y comprobó con asombro cómo entre unas briznas de hierba brillaba, todavía húmedo su anillo.
 

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jueves, 15 de octubre de 2015




miércoles, 14 de octubre de 2015

VOCES EN EL JARDÍN


Mara paseaba a diario por el parque y también se alejaba alguna que otra vez por las zonas limítrofes del barrio. Una tarde a la caída del sol sus pasos se adentraron por unas calles desconocidas. Así descubrió una gran casona (que quiso ser palacete) rodeada de una gran finca. Con sus  ojos escudriñó cada espacio, cada rincón y encontró una fuente  que pugnaba por salir de la maleza que la aprisionaba.

    Miró en derredor y halló unas baldosas que indicaban varios caminos, otrora estuvieron escoltadas por árboles y setos. En la zona sur del jardín halló los restos de un antiguo pozo  desde donde  partían varias ramificaciones dibujando un laberinto.

    Giró sus pasos hacia la fachada frontal  admiró sus líneas  clasicistas el centro estaba flanqueado por dos torres vigías recordando el pasado árabe de la ciudad.

    Después divisó una escalinata que se extendían hasta la puerta de un lateral, unas arcadas sujetaban el suelo del piso superior éste rodeado con una gran terraza  las tres cuartas partes de su perímetro totalmente protegida por una balaustrada. Había unas puertas centrales amplias y acristaladas dos más pequeñas a su derecha e izquierda de sendas habitaciones.

    Oyó unos susurros miró a su alrededor pero no había nadie y pensó:”figuraciones mías”. Se encaminó hacia el pozo o lo que quedaba de él, sentándose en una piedra que en otro tiempo fuera una escultura.

    Desde allí admiraba la zona principal de la casa y la mayor parte del antiguo jardín la curiosidad se iba adueñando de ella. Su desbordada imaginación la llevaba a situar el palacete en su esplendor  con sus moradores a principios del siglo XX.

  El tibio sol de otoño se colaba entre las pocas hojas amarillentas de los árboles Mara bajó lentamente sus párpados a la vez que sentía languidecer su cuerpo. Una extraña sensación de placidez  se apoderó de ella. No supo cuánto tiempo había transcurrido cuando abrió de nuevo los ojos pero no debía ser mucho perezosamente se incorporó e inició el camino de regreso.

    Se dio una ducha rápida tenía hambre se preparó un plato frío con frutas y yogur miró el reloj de pared, la hora marcada era más de lo que pensaba. No comprendía como había pasado tanto tiempo si en el jardín solo cerró los ojos unos momentos. Hizo un gesto de incredulidad mientras se sentaba en el sillón a ver la televisión. Le aburría la programación cogió el libro electrónico y se fue a la cama a hacer una de las pocas cosas que le entusiasmaban.

    A la mañana siguiente temprano se marchó a dar su acostumbrado paseo a buen ritmo para mantenerse en forma, cuando lo estaba finalizando dio un rodeo para encaminarse hacia la casona y descansar en la piedra del día anterior.

    Al entrar en la zona del laberinto sintió un escalofrío según se aproximaba al pozo la curiosidad  y la intriga surtieron efecto, a partir de ese instante investigaría el pasado del palacete. Mientras hacía sus cábalas para comenzar su particular investigación se le acercó un caballero con una vestimenta de otros tiempos, a Mara le extrañó aunque dijo para sí: -cualquiera sabe tal y como visten algunos…- De estatura media, fornido, en su rostro unos ojos azabache cuya  mirada penetrante intimidaba y un pequeño mostacho por toda singularidad.

    El hombre muy cortés la saludó iniciando una conversación como si la conociera desde siempre. Mara desconcertada siguió el diálogo quizás él supiera algo sobre el lugar pues se refería a él como si le perteneciera.
Le preguntó por los antecedentes de la finca y el caballero antes de iniciar el relato se presentó.
   -Señora, permítame que me presente soy Gustavo-  y usted ¿es?- inquirió
    -Mara encantada-
    A lo que él respondió con una leve inclinación de cabeza a modo de saludo le comentó que le gustaría saber el pasado de tan hermosa casa.
   Gustavo carraspeó para aclarar su voz  empezó por fechar la construcción a principios de los años veinte. Comentó que en mil novecientos dieciocho una gripe diezmó a los habitantes de la ciudad, una gran sequía contribuyó a la emigración temporal de la huerta.
    Salían por el puerto hacia las costas de Argel y el Orasonado o el Mediodía francés, algunos se quedaban unos años y cuando regresaban invertían en empresas o en negocios propios. Por poco dinero compraban grandes fincas en los alrededores de la ciudad  construían edificios grandiosos como muestra de su poder económico.  
   Volvió su mirada hacia la casona diciendo: “esto es lo que queda como símbolo de aquellos tiempos”.
    Se despidió de Mara dando por concluida su perorata, quedó pensativa ante la nueva información con la vista fija en el palacete. Sí, todo eso estaba bien pero ¿quién habitó en ella? Lo importante para ella no era eso, lo que llamaba su atención y su curiosidad era la intrahistoria de sus moradores.
    No sabía si Gustavo se acercaría de nuevo a contarle el resto de la información que sin duda poseía. Cada día, al finalizar su cotidiano paseo, se sentaba en la misma piedra del laberinto atraída como un imán abrigaba el deseo de encontrarle.
   El invierno pasaba con lentitud para ella a pesar de los días luminosos pero el viento húmedo de Levante se colaba hasta sus huesos. Cambió la hora de sus caminatas comía temprano para salir cuando el sol enviaba más calor.
    Las mañanas las dedicaba a investigar en los archivos de la ciudad también buscó en la hemeroteca los actos sociales de la época,  no halló ninguna pista. Era como si la familia propietaria de la casa no hubiera existido. Alguien se tomó muchas molestias en hacerla desaparecer, esto no hacía más que incrementar su curiosidad se encontraba en un callejón sin salida.
    Los días de bruma se espaciaban  en su lugar el sol comenzaba a calentar tibiamente los cuerpos se desperezaban y las plantas recuperaban su vigor.
   Era domingo la ciudad aún no despertaba Mara inquieta no paraba de dar vueltas en la cama, una y otra vez recordaba la conversación con Gustavo. Sus ansias de saber  la llevaron a levantarse e ir a la casa como si estando frente a ella le revelara sus secretos
     Caminó deprisa y cuando la tuvo de frente preguntó: ¿y ahora qué? Ya estoy aquí le dijo, como si el edificio le pudiera contestar. Estuvo unos minutos escudriñando cada rincón con la viveza de sus ojos almendrados sin saber qué buscar. Se dio la vuelta y sus pasos la guiaron hacia el laberinto, se sentó junto al pozo en la misma piedra de otras veces, con la mirada perdida mientras su mente volaba.
   Sintió frío se había levantado un poco de aire y una débil bruma se acercaba desde el otro extremo del jardín. Cuando se incorporaba divisó una silueta masculina que no le era desconocida, entonces se dejó caer sobre la piedra a la espera de acontecimientos.
    -Hola, Mara, buenos días-saludó Gustavo
    -Buenos días, ¡cuánto tiempo!- le respondió.    
     -Necesitaba que centraras tu interés en esta historia y cómo veo que sigues empeñada en conocerla, te la contaré, espero no decepcionar tus expectativas.-le dijo
     Mara asintió en espera del relato que tanto anhelaba conocer entonces él tomó la palabra diciendo: “Adolfo Llopis fue uno de aquellos emigrantes que regresó con bastante capital para fundar una empresa, comprar un piso en el centro de la ciudad e invertir en una gran finca de los alrededores. Trabajó sin descanso, el día no tenía suficientes horas. Tenía tanto dinero que no sabía que hacer con él pero se dio cuenta de su pobreza al no tener con quién disfrutarlo.


  Comenzó por asistir a las fiestas de la burguesía aunque se sentía fuera de lugar, sabía que lo admitían por su dinero ya que a la mayoría les costaba mantener su estatus. Así que todas las familias con jóvenes intentaban agasajarle con el objetivo de ser la afortunada esposa. A pesar de su madurez se enamoró perdidamente de Isabel una joven menuda, de pelo castaño y poseedora de unos grandes ojos grises, expresivos, con un brillo tal que causaba admiración y a los hombres embrujaba con su mirada.
    Adolfo Llopis no era una excepción y  cayó en sus redes. Isabel estaba enamorada de Luis, su compañero de juegos. Su familia no aceptaba esa relación  pues no aportaba la liquidez que ellos necesitaban. Ella cumplió obediente  el plan urdido por sus padres. Se casaron en la Basílica de la Asunción con la mayor pompa que el dinero puede comprar. Antes del año  se escuchaban en la casa los llantos de un niño, todo era alegría y color en el hogar de los Llopis. Adolfo se apresuraba al salir del trabajo para estar con su mujer y su bebé, para no perderse ni un momento del crecimiento. Con los primeros pasos dieron una fiesta infantil, cuando le llamó papá supuso todo un acontecimiento familiar.
    Sus negocios le llevaron de nuevo a Argel y lo que solo era para un mes se convirtió en un año. Isabel se ocupaba del niño  menos cuando asistía a las fiestas, entonces quedaba al cargo del personal de servicio. Se compraba los últimos vestidos que traían a la ciudad. Siempre le gustaba llamar la atención en cada celebración, sentir los ojos de los demás clavados en ella.
    Las cenas en el palacete con la familia y los amigos eran frecuentes, Isabel no notaba la ausencia de su marido. Luis nunca faltaba a ellas y no le veían marcharse por muy de madrugada que se fueran los rumores comenzaron a desatarse por la capital.
    Con la llegada del calor las reuniones las hacía en el jardín. Le gustaba disfrutar del frescor de las plantas y escuchar el rumor  del agua que brotaba de las fuentes.
    El pequeño Adolfo correteaba sin parar, subía y bajaba de los bancos, chapoteaba con sus manos el agua fresca e intentaba escalar por la pared de piedra que rodeaba el pozo del laberinto.
    Una noche de estío cuando la cena había finalizado oyeron los relinchos y ruido las ruedas del coche  de caballos. Los sirvientes salieron a su encuentro ya que no esperaban a nadie,  cual no sería su sorpresa al reconocer al señor Adolfo que llegaba de  Argel. El recibimiento no fue el que deseaba a su esposa la sintió fría, lejana, apenas veía en ella a la Isabel que dejó tiempo atrás. Sin embargo su hijo estaba crecido  aunque de momento  receló, enseguida se arrojó en sus brazos.
    Los invitados lo saludaron agobiándole con todo tipo de preguntas a las que pacientemente respondía. Le dolía el estómago de hambre anduvo hasta la mesa sentándose a cenar las viandas que aún quedaban.
    Esta vez Luis les acompañó hasta la ciudad. Las mujeres cuchicheaban mirándole de reojo la situación se le hacía insostenible sentía todos los ojos clavados en la nuca.  Mientras tanto  la casa quedó en el silencio más absoluto. A pesar del calor se fueron a sus habitaciones más temprano de lo  acostumbrado.
    Los días pasaban y la normalidad se instauró en el matrimonio, los deberes diarios de Adolfo le retenían  en la ciudad mucho tiempo, tardaría en ponerse al día.
    Isabel a medida que transcurría las semanas seguía sin noticias de Luis llenándose de inquietud. Estaba deseando asistir a alguna fiesta para poder verle pues seguía enamorada de él. Cuando Adolfo regresaba del trabajo a ella se le ponía un nudo en la garganta, anhelaba tanto que nunca hubiese regresado de Argel.

   Ni siquiera soportaba las gracietas del niño, sus pensamientos eran para Luis. Los celos la consumían cada día. Comenzó a enfermar, tanto que Adolfo consultó a los doctores más afamados. Ninguno daba con el quiz de su enfermedad hasta que un día la visitó Luis. Entonces el brillo volvió a sus ojos, comenzó a levantarse a pasear por el jardín y jugar con el niño.
     Las visitas de Luis se fueron espaciando cada vez más y ella esperaba sentada en un banco del jardín, así pasaba las horas. Mientras Adolfo jugaba  su mente se hallaba ausente.
     Una tarde el niño echó a correr hasta el laberinto y comenzó a escalar por la pared del pozo como tantas otras veces había hecho. Isabel caminaba despacio pensando que su “amor” no la quería como antes. Oyó el grito desgarrador de su hijo, corrió hacia el pozo pero era tarde, Adolfo se cayó dando con la cabeza en las piedras del fondo.
    Las voces desesperadas de Isabel retumbaron por todos los rincones de la finca. El servicio acudió de inmediato sacando al pequeño ya sin vida.
    Adolfo llegó desgarrado, lleno de furia y con los ojos inyectados en sangre. Su vida se destrozaba como un castillo de naipes. Parecía un autómata, iba de aquí para allá sin saber qué hacer mientras las mujeres dentro de la casa se ocupaban de arreglar al niño.
    Bajó a la ciudad para preparar el entierro de su hijo en la funeraria escogió el ataúd  blanco más bonito que había.
   En el palacete todo era oscuridad el color negro colgaba de las paredes y predominaba en los vestidos de las féminas; los hombres llevaban corbata en señal de duelo.   
     Isabel tirada en su cama no paraba de llorar, la culpabilidad del accidente sonaba machaconamente en su cabeza. Hasta que no regresó su marido no bajó al salón donde velaban al pequeño Adolfo.
   Comenzaron a llegar los familiares y amigos para acompañarles en el velatorio. Adolfo sujetaba a su mujer que apenas tenía fuerza para andar. Entraron en la Basílica detrás del féretro. Al finalizar la ceremonia salieron por el pasillo central, y al pasar el umbral sus ojos se cruzaron con los de Luis.     Agarrada de su brazo, una mujer con una ostentosa sortija de compromiso. Entonces comprendió que todo su mundo se hundía sin remisión.
    Al regresar a casa continuaba llorando, no quería comer. Adolfo la ayudó a subir hasta el dormitorio, una vez en él se cambió de ropa y fue a la habitación de su hijo metiéndose en la cama. Mientras, su marido bajó a la cocina para comer algo pues llevaba dos días sin apenas probar bocado.
      Adolfo no durmió, vió amanecer, se levantó, se arregló y fue caminando al trabajo.    Necesitaba estar ocupado, no podía asumir la pérdida de su hijo y la reacción tan dramática de su esposa.
   Pasaban los días y la vida en el hogar de los Llopis seguía cada vez más lúgubre Isabel apenas probaba bocado pero empezaba a salir por la terraza a tomar el sol, estaba destemplada, había adelgazado mucho durante los últimos meses. Su marido sonrió por primera vez en mucho tiempo al verla con mejor aspecto tomando la brisa perfumada de la incipiente primavera.
   Los jardineros se afanaban en cuidar y preparar la tierra para evitar las plagas que aparecen con la humedad y el calor. En el cobertizo guardaban los abonos, los insecticidas y las herramientas bajo llave, desde que  el niño comenzó a corretear por allí. Ahora se quedaba cerrado pero sin tantas precauciones.
  Se celebró el enlace de Luis y ni Adolfo ni la familia de Isabel osaron comentarlo cuando la visitaban sin embargo  consiguió enterarse por los cotilleos del servicio.
    En ese momento era como si  miles de espadas la atravesaran el corazón, su mente se trastornaba a pasos agigantados. Tan pronto reía como lloraba con unos gritos espeluznantes que retumbaban por toda la casa.
  Una tarde cuando Adolfo regresó la llamó y al no obtener respuesta la buscó por todas las habitaciones pero no la encontraba. Estaba anocheciendo y aprovechando la poca luz  diurna, la buscó por el jardín y al fin la vió sentada en un banco junto al pozo.
    Según se aproximaba a ella notaba que no se movía. Había un vaso de agua con unos trazos blanquecinos a su lado, eso le alarmó y cuando acercó su oído al rostro sus peores temores se confirmaron abatido escondió la cara entre sus manos. Otra vez el destino le arrebataba una nueva vida. Ya no le quedaba nada por lo que permanecer en la finca.
     Convocó al servicio para comunicarles la desgracia acontecida. Rogó a Gustavo, el fiel mayordomo disponer todo para el funeral. Estaba desfallecido, subió a sus habitaciones, recogió unas pocas pertenencias las guardó en una bolsa de viaje. Después abrió la caja fuerte sacó el dinero que repartió en dos bolsas una para él y otra para los gastos que Gustavo necesitara cubrir. Deseaba que sus trabajadores tuvieran sus salarios e indemnizaciones.
    Escribió una nota con todo lo que el mayordomo tenía que hacer en su nombre, bajó las escaleras y puso sobre la mesa del salón la bolsita con el dinero y a su lado el papel escrito. Después de recoger sus cosas salió por la puerta trasera que daba al establo

    Montó a caballo, giró la cabeza para dar el último vistazo a la hermosa finca que con tanta ilusión un día no tan lejano construyó para su esposa. Espoleó al equino partiendo hacia algún lugar del que nunca regresó.
Gustavo se incorporó pero Mara lo detuvo con su mano y le preguntó: ¿En todos estos años tuvieron noticias suyas?

 - Hubo comentarios,  alguien lo vio por Argel pero nada más se supo-

 - Entonces ¿usted es la persona a la que responsabilizó para que solucionara los problemas?

 Respondió con un gesto afirmativo de cabeza para a continuación decirle: que todos los años por esas fechas solía vestirse con la misma indumentaria que llevaba en el momento de la partida del señor Llopis, en señal de respeto y en recuerdo de Isabel y su hijo.
    Entonces Mara le inquirió con la mirada y Gustavo le sonrió a modo de despedida. Ella se quedó pensativa, quizás lo viera al año siguiente....

 

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