miércoles, 23 de septiembre de 2015

REFLEXIÓN EN VOZ ALTA

    Estaba mirando tras los grandes ventanales protegiéndose del fuerte viento de Levante. Este mes de febrero frío, húmedo y con tantas ventoleras  parecía ser el mes de marzo. No parpadeaba ante el descubrimiento del color verde acerado del mar, le maravillaba sus cambios de tonalidades, era el ingrediente que faltaba para completar el hechizo que ejercía sobre ella.
   A María no le gustaba zambullirse en él, sin embargo no se cansaba de contemplarlo, unas veces con sus bramidos al romper las olas contra las rocas que iba desgastando, otras calmado formando una inmensa pradera de bonitas gamas azules.
    Tenía bastantes años sobre sus hombros, se sentía cansada y sin embargo quería hacer las cosas con inmediatez, como si supiera que su tiempo iba tocando a su fin. No le preocupaba el final de hecho solía hablar de ello como si lo estuviera esperando.  
La vida le tenía preparada una gran sorpresa que la descolocó emocionalmente, conoció a José por un foro de Internet cuyas charlas virtuales la fueron devolviendo la ilusión.
   Tanto tiempo conectados a la red sin darse cuenta cómo las horas se les pasaban volando, tanta similitud de gustos y opiniones sobre la vida les abocó a un enamoramiento tan fuerte que parecían adolescentes.
   Era un amor intenso con la fuerza de un caballo desbocado y la realidad se encargó de detenerlo  bruscamente.
   Las situaciones familiares complejas determinan los sentimientos y coacciona sus actos posteriores, ante eso el amor se domestica convirtiéndose en un cariño permanente.
    Eso les sucedió a ellos, el contacto se fue distanciando pero siempre se dejaban algún mensaje de cariño por que todo en su corazón era verdad.
    La calma regresó a la vida de María con su rutina diaria de lectura, series televisivas y volcándose de nuevo en su afición favorita, la escritura.
   Hacía unos años que había solucionado sus papeles legales, también preparó su momento final, e incluso las decisiones que tendrían que tomar otros.
    Le gustaba pensar que le recordarían en sus mejores momentos que por desgracia no fueron muchos. Por ello en este último tercio procuraba facilitar cada instante a las personas que le rodeaban.
    Su familia ¡Cuánto la amaba! Sus hijos siempre fueron el motor de su existencia y ahora se extendió a cuatro personitas más, que le alegraban cada instante. Solo el amor tan inmenso que se profesaban hacía que lo pasado perdiera intensidad.
    El presente le sorprendía cada día y lo disfrutaba al máximo, aunque los suyos se hallaban lejos  los sentía cercanos.
    Sin embargo le quedaba en un rinconcito del corazón la añoranza de regresar al lugar que un día sus ojos vieron la luz.
 
                                                                                   
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