domingo, 27 de septiembre de 2015

DESASTRE DEL 63

   Con el terremoto ocurrido en Nepal afloró en mi mente un recuerdo de mi infancia, que no fue  de la misma magnitud pero si recreaba  la miseria y desamparo en que quedó sumida la población de San Andrés.
    Transcurría el año mil novecientos sesenta y tres, era un año aciago y difícil de olvidar en el plano internacional por  suceder el asesinato del Presidente Kennedy, y en la memoria colectiva  de nuestra comarca, el horrendo desastre que sacudió por varias décadas  a la  población de San Andrés.
    En aquella época las gentes del lugar se sentían satisfechas por el logro de sus esfuerzos habían conseguido. Convirtieron un paraje árido, seco, agrietado como bocas sedientas y maldito en un enorme mar dorado. Invirtieron además de trabajo todos sus ahorros e hipotecaron sus pocas posesiones.
    Estaban decididos a borrar los cuentos terroríficos que desde generaciones les transmitieron a todos los niños del lugar. No estaban malditos, se negaban a asumir semejante falacia, más bien al contrario, allí no sucedió nada que no ocurriera en el resto de la comarca con el devenir de la vida.
    Quedaba poco tiempo para recoger el fruto de su esfuerzo cuando un día de madrugada los objetos de las casas comenzaron a moverse como si tuvieran vida propia, el estruendo de estos al caer despertaron a los vecinos que asustados y desconcertados salieron a la calle.
    Los comentarios sobre si era un terremoto no se hicieron esperar, aunque extrañados se preguntaban si estaban en una zona donde la tierra temblaba pues eso nunca se había experimentado por allí.
    Los daños no fueron cuantiosos algunos cachivaches rotos y poco  más, sin embargo su inquietud más bien miedo se acrecentó  ante un hecho neófito para ellos.
    Cuando al mirar al horizonte vieron una enorme nube gris que se esparcía por el cielo y aproximándose al pueblo a gran velocidad. De inmediato supieron que algo terrible había ocurrido, en sus mentes se dibujaba el bonito recuerdo de su mar dorado, y el terror a perderlo todo  les atenazaba.
    A medida que se acercaban  sentían que estaban derrotados, las heridas abiertas en la tierra y el fuego consumiendo la mies estaban devolviendo al lugar su antiguo paisaje.
    Dentro de poco sería el terreno árido, agrietado, maldito e inhóspito que siempre fue, lo que   acrecentó su temible leyenda.

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