miércoles, 23 de septiembre de 2015

A TRAVÉS DE TÍ

            Era finales de mayo cuando Carmen cumplió ocho años. Toda su ilusión era aprender a bailar, desde muy niña cada vez que escuchaba música su cuerpecito se cimbreaba como un junco. ¡Era tan alegre, tan juguetona! Siempre se agarraba a mi falda para cantar las clásicas canciones infantiles y ya en la cama escuchaba ensimismada los relatos que inventaba donde ella era la protagonista.
            El primer cuento que le compré se llamaba “El árbol y la golondrina”, era el que siempre le leía cada noche. Se lo aprendió de memoria para después hacer  que sabía leer, pasaba las hojas recitando lo que había memorizado mirándome como pidiendo mi aprobación.
   Cuando la llevaba al jardín de infancia íbamos con las manos agarradas balanceándolas  todo el trayecto al compás de las canciones. Su alegre risa me transmitía entusiasmo y fuerza para continuar el trabajo diario.
            Enseguida aprendió a leer, y pronto quiso hacerlo sola al irse a la cama; su entusiasmo por aprender se hacía cada día más evidente. No le costaba levantarse por las mañanas para ir al colegio, al mismo  tiempo comenzaba a despertarse en ella su gusto por “conjuntar”, como solía decir, su ropa para salir.
            A medida que cumplía años la música y el baile parecía correrle por las venas, por eso en su octavo cumpleaños pidió que la llevásemos a una academia de baile.
            Inconscientemente veía cumplirse poco a poco mis sueños de adolescente a través de ella. Recordaba mis ensayos delante del espejo cada vez que Carmen lo hacía y si se notaba sorprendida por mí siempre había una sonrisa en mi rostro.
            Ese verano lo pasamos toda la familia en casa de los abuelos; allí le compraron la bicicleta con la que aprendió a montar. Disfrutaba de la libertad de moverse por las calles sin tráfico y de los juegos con las amiguitas, que solo se encontraban en vacaciones. Era un tiempo de felicidad para todas ellas y hora de crear unos bonitos recuerdos para su madurez.
            Según finalizaba el estío se acercaba el momento de volver al colegio. Carmen lo deseaba fervientemente. Lo que más le gustaba era el olor de los libros recién sacados de la imprenta, los cuadernos y guardar toda clase de lápices en su nuevo estuche. Su única ilusión era estrenarlos, pero antes me ayudaba a forrarlos, luego los guardaba uno a uno en la cartera. Pero este Septiembre venía con algo especial, tenía que adquirir las prendas de ballet y las castañuelas para las clases de danza española, así que nos fuimos hasta el centro de Madrid donde se hallaba uno de los comercios más afamados en vestuario dedicado al baile.
            Al día siguiente comenzamos a acudir a la academia de Mª Alba, cuyo estudio estaba al lado de donde vivía la tía Asun (por cierto, las castañuelas fueron regalo suyo). El sacrificio de tener que compaginar los estudios y los ensayos de las clases se hacía duro para ella, pero nunca salió una queja de sus labios. A final de curso sus estupendas calificaciones y la función en el teatro del instituto colmaron de satisfacción a toda la familia, aunque su timidez era aún un obstáculo a vencer.
            Se concentraba de tal manera en la danza que conseguía poner el alma en el escenario. Al finalizar vio como todo el público aplaudía puesto en pie. Tan fuerte y prolongados fueron los aplausos que tuvo que repetir el solo del “El baile de Luis Alonso”. Una experiencia maravillosa que todos guardamos con cariño en nuestra memoria.
            Pasaron varios años. Con su esfuerzo y tesón Carmen siguió sacando adelante los estudios del colegio y presentándose a los exámenes libres del conservatorio, pero cuando llegó el momento de acceder al instituto se planteó el dilema de dedicarse a estudiar el bachillerato o entregar su vida al baile, dura decisión para su corta edad. Sin embargo entre las dos pusimos en un folio los pros y los contras de ambas ramas. Intentaría sacar el curso de bachillerato y el baile, así habría más tiempo para decidir.
            Cada vez se le hacía más costoso compaginar las dos cosas dado que el nivel de exigencia era mayor en ambas. La solución llegó inesperadamente por la disolución de la academia de baile, pues la profesora se fue de la ciudad. La lejanía de otras academias impedía el traslado diario para acudir a las clases y Carmen quería estudiar una carrera. Ahora su ímpetu se centraba en sus estudios y en la lectura, que había dejado de lado por falta de tiempo.
            Consiguió finalizar su carrera universitaria con calificaciones magníficas, su dedicación al aprendizaje de otras lenguas le siguen ocupando parte de su tiempo, pero desde luego sigue “conjuntando” su vestuario y los zapatos (¡Ay! los zapatos son su talón de Aquiles), y tanto la música como el baile han seguido siendo, junto con los libros, sus compañeros de ocio a lo largo del tiempo, en una larga y fructífera aventura que aún no ha llegado a su fin.


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