miércoles, 23 de septiembre de 2015

LAS LLAVES DEL TIEMPO

     Salí a toda prisa no me daba tiempo a llegar a la parada del autobús, mi respiración entrecortada y rápida, hacía que mi velocidad se aminorara y el nerviosismo se fuera apoderando de mí.
    La luz de las farolas iluminaba las calles desiertas, la fina lluvia comenzaba a caer. Corrí con las gotas de sudor resbalando por mi frente sin darme tiempo a pasarme un pañuelo por ella, por fin mi carrera terminó y el autobús no había pasado.
    Una espesa niebla no dejaba ver a diez metros, ninguno de los habituales aparecía, los minutos pasaban y por fin llegó el autobús, moví la mano para que se detuviese pero al intentar caminar algo fantasmagórico me lo impedía.
    El conductor siguió como si nadie hubiese en la parada ¿me habría vuelto invisible? Iba de un lado a otro de la marquesina buscando un resquicio por donde salir  de aquella pesadilla, por más vueltas que daba no hallaba la salida.
    No podía rendirme ¿ pero cómo luchar ante lo desconocido?. De pronto se aproximó un autobús un poco extraño o al menos a mí me lo parecía. No tuve que levantar la mano el conductor se detuvo abriendo la puerta y subí. Busqué la máquina para pasar la tarjeta y no la encontré, entonces miré alrededor;  todo era extraño, las personas iban ataviadas con vestiduras de épocas lejanas, la que desentonaba era yo era una mezcolanza histórica.
   Continuó la marcha y al mirar por la ventanilla no reconocía el paisaje, las casas habían desaparecido en su lugar estaba ocupado por los árboles y la fauna más extraña que podía imaginar.
    Se escuchaba un blandir de espadas la gente asustada, hablaba en un lenguaje que a duras penas comprendía y asombrada me vi como si en un espejo me reflejara, vestida con  lujosos y largos ropajes.
   Unas damas atendían solícitas a cualquiera de mis deseos. Llegamos a un castillo con una guardia que me protegía. Entre fuertes quejidos al tiempo que me encogía de dolor,  las dueñas me llevaron en andas a mis aposentos donde me esperaban un grupo de personas para contemplar el alumbramiento del heredero.
    Lo que me espantó fue que después de nacer la niña me dieron a beber un vaso con hidromiel enmascarando el sabor del veneno con el que abandonaría este mundo.
    De repente el autobús se llenó de hombres vestidos con extraños ropajes negros que custodiaban a unas mujeres con las muñecas atadas las insultaban vejándolas hasta límites insospechados.
    Con gran estupor me reconocí en una de las mujeres en su mirada llevaba toda la impotencia, sufrimiento y rabia que la injusticia podía crear. Bajaban lentamente y los hombres  las conducían a empujones hacia la pira donde supuestamente expiarían sus pecados de brujería.
    De nuevo la niebla y  el autobús giraba sin parar para transformarse en un vehículo extraño lleno de seres famélicos, vestidos con ropajes sucios y harapientos, pertrechados con  armas rústicas. Por los gritos que coreaban daban la impresión de ir a una guerra cuya causa no entendían bien.
    A lo lejos se divisaba una batalla con bandos desiguales  pero con heridos y muertos por doquier.  La sangre regaba el valle. Aparté la mirada ante tanto horror y no era diferente lo que mis ojos vieron: Una mujer con sus hijos trataba de esconderse de sus perseguidores con poca fortuna pues un disparo de arcabuz le alcanzó el corazón.
    Estaba desconcertada a la vez que el miedo llenaba todo mi ser. Un sudor frío hacía que no dejara de temblar. De nuevo era invisible a sus ojos pues de no ser así ya me hubieran agredido. Bajé para auxiliar a los pequeños y con sorpresa me volví a reconocer, pero los niños no me visualizaban.  Y sin saber como estaba de nuevo rodeada por la maldita niebla sentada en el autobús.
    Los saltos en el tiempo eran abismales y cada vez más próximos a nuestra época, lo que no comprendía  era el significado de los continuos actos sangrientos en personas de gran parecido conmigo, o ¿era realmente yo? Ya no resistía ni un momento más la angustia y el miedo tan enorme que estaba experimentando.
   Sentía como a mis pulmones  les faltaba el aire, mis esfuerzos por respirar no surtían efecto. Un sonido estruendoso hizo que diera un salto, abrí los ojos, estaba sudando con la ropa de la cama revuelta  medio tirada por el suelo. Entonces respiré profundamente al darme cuenta que todo había sido una maldita pesadilla... ¿O quizás no?
    Por primera vez me alegré de escuchar el sonido del despertador que cada mañana maldecía, entré en la ducha dejé que el agua corriera por mi cuerpo durante varios minutos, luego me arreglé deprisa y sin desayunar bajé las escaleras sin tiempo poder coger el autobús de todas las mañanas.
    Estaba en la parada, no dejaba de mirar el reloj. No estaba segura de que la niebla no se presentara de nuevo. Un frenazo  me sacó  de mis pensamientos y el conductor me saludó como cada día, le sonreí al devolverle el saludo comprobando que todo estaba en orden. ¿Pero era verdad que todo estaba en orden?



 
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